
con ese manto blanco demasiado
me llaman
son las piedras
cubiertas de inmensidad
y el rojo se hizo nuestro
caminamos con la boca opaca
la sed nos cubría con ese sudor
insoportable el blanco ý árido mineral sobre nosotros
Espacio para mirar, soñar y pensar un poco sobre poesía y otras latitudes derramadas en la superficie.

con ese manto blanco demasiado
me llaman
son las piedras
cubiertas de inmensidad
y el rojo se hizo nuestro
caminamos con la boca opaca
la sed nos cubría con ese sudor
insoportable el blanco ý árido mineral sobre nosotros
Donde el río se remansaba para los muchachos
se elevaba una piedra.
No le viste ninguna otra forma:
sólo era piedra, grande y anodina.
.
Cuando salíamos del agua turbia
trepábamos en ella como lagartijas. Sucedía entonces
algo extraño:
el barro seco en nuestra piel
acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje:
el paisaje era de barro.
En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.
.
Mi madre, en cambio, ha muerto
Y está desatendida de nosotros.
.

Watanabe José, LA PIEDRA ALADA, BAJOLALUNA, Buenos Aires, 2009.
Aire del fuego, no supiste jugar.
Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.
Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado.
No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre.
El bienestar reía en su alma. Pero era todo mentira. No fue largo el reír.
Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad.
Y cuando vio subir esa llama sobre ella, oh…
Al instante, la copa le fue arrancada. Sus manos ya no han sido nada más. Vio como se la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro.
Toda la llama entonces la rodeó.
Ella se encuentra ahora en una cama, y su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios… y su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno sin hallar al demonio.
El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado…
Defenestrada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos.
Lentamente, en la granja, su trigo arde.
Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz.
Paciente, en lo innombrable inflado, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana…
Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonta piedrecilla obstructora a través de una aurora nueva.
Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte.
Apenas si divisó la ruta. Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.
Uno se ha quedado confundido de este lado. No ha habido tiempo para decir hasta luego. No ha habido tiempo para una promesa.
Ella había desaparecido del film de esta tierra.
Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en que tenías tanta fe
¿Y bien?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña,
sumergidas en el silencio.
No, no debe besarte a ti una muerte para separarte de tu amor.
En la pompa horrible
que te espacia hasta yo no sé qué milésima dilusión
buscas aún, nos buscas lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones
Debimos haber sido informados mejor,
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto en mis manos
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre
Oh lo dudo, dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes
Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados
dilapidando momentos preciosos
que sería preciso emplear antes que nada entre nosotros precipitadamente
mientras tiritas
esperando en tu maravillosa confianza que yo venga a ayudarte a sacarte de allí, pensando «seguramente vendrá
Habrá podido tener algún percance pero no tardará
Vendrá, yo lo conozco
No va a dejarme sola
No es posible
No va a dejar sola a su pobre Lou…»
Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor.
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí.
Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más?
Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia de su autonomía.
Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí «juntos» aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde.
Los años han existido para nosotros, no contra nosotros.
Nuestras sombras respiraban juntas. Bajo nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio.
Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto.
Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu dolor. Nos perdemos en el lago de nuestros intercambios.
Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna ha quebrado en un día.
Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. La que ya no está se aleja, y su ausencia devoradora me invade y me consume.
Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el «la» de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: «Ah, estás allí».
Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura.
Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros.
Aquel que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti.
¿No me responderás algún día?
Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprensa, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos…
Henri Michaux
Versión de Raúl Gustavo Aguirre
Enlace: Biblioteca Ignoria
¿Es verdad, paloma mía,
que has decidido irte
a un pueblo lejano
de donde nadie puede volver?
.
¿A quién has de dejar
en tu nido,
para cuando la tristeza agobie
me asome a beber la vida?
.
El camino que elegiste
muéstramelo;
adelantándome
lloraré torrentes
sobre la tierra
que has de pisar.
.
Y cuando en cualquier camino
“¡Me quema el sol!”
exclames;
mi aliento
se convertirá en nube
y te dará sombra.
.
Y si clamaras
“¡Tengo sed!”
en desértico campo,
mis lágrimas
caerán en lluvia
y beberás agua pura.
Hija de las piedras,
hija de las víboras,
¿quién podrá explicar
por qué me abandonas?
.
Para mí
el sol se ha apagado.
Perdida la amada,
extraviado caminante,
ya no tengo a nadie que pueda decirme
“¡Ayau!”, hermano mío.
.
De infantil semblante
eras aún paloma mía,
cuando yo
como herido por el sol
quedé ciego
mirándote a ti.
.
Tus ojos,
estrellas elegidas,
temblando,
en mi sombra,
como rayos hirieron,
y caí en el delirio.
.
Le pediré al águila
sus alas
y alcanzaré a verte.
El viento y yo,
tiernamente abrazados,
te contemplaremos.
.
De nuestras vidas
un solo nudo hicimos.
“Ni la muerte
ha de separarnos,
uno solo somos,
uno solo” dijimos.
.
Paloma amada,
que todos los dolores calmabas;
dondequiera que estés
únicamente tú
serás la aurora de mi sangre,
en todo tiempo.
.
Cuando veas alumbrar la cima del Misti
acuérdate de mí,
como yo.
No sé hasta qué límites
llega la helada viudez de mi corazón,
por tu nombre.
.
.
Cheqachu, urpi,
Ripusaj, ninki,
Karu llajtaman,
Mana kutimoj?
.
Pitan saqenki
Qanpa tupunpi
Sinchi llakiypi
Asuykunaypaj?
.
Rinayki ñanta
Qhawarichiway.
Ñauparisuspa
Waqaynillaywan
Ch’ajchumusqasaj
Sarunaykita.
.
Maypachan ñanpi
Intin ruphawan
Ñiwajtiykiri,
Samayniykuna
Phuyu tukuspa
Llanthuykusunki.
.
Yakumantari
Sinchi ch’akiwan
Ñiwajtiykiri,
Waqayniykuna
Para tukuspa
Ujyachisunki.
.
Rumijpa wawan,
Qaqajpa churin,
¿Imanispataj
Saqeriwanki?
.
Ñan ñoqapajqa
Inti tutayan.
Yanay chinkajtin
Muspay purejtiy,
Manañan pipas
Ayau niwanchu.
.
Irpallarajmi
Urpiy karqanki
Maypacha ñoqa
Intiwanjina
Ñausayarqani
Qhawaykususpa.
.
Ñawiykikuna
Phallallaj qoyllur
Lliphipirerqa.
Rajra tutapi
Illapajina
Muspachiwarqa.
.
Ankaj rijranta
Mañarikuspa
Watumusqayki.
Wayrawan khuska
Wayllukunaypaj
Phawamusqayki.
.
Kausayninchejta
Khipuykorqanchis.
Manan wañuypas
Rak’iwasunchu,
Ujllaña kasun,
Ujlla ñerqanchis.
.
Wañuyta mask’aj
Ñoqa risqani
Auqanchejkuna
Jamuyanqanku
Pukarankuna
Jalatatajtin.
.
Munasqay urpi,
Phutiy ayqechej,
Maypipas kasaj,
Qanllan sonqoyta
Paqarichinki
Kausanaykama.
.
Misti k’ajajtin
Yuyaway, ñoqan
Yayasqasqayki.
May kamañachus
Qanrayku chayan
Ijma sonqoyqa.
.
Juan Wallparrimachi Mayta (1793-1814), versión de José María Arguedas., Poesía quechua, editorial Leviatan, Buenos Aires, 1993.
Otra versión del poema puede leerse acá.
1233
Si no hubiera visto el sol
sobrellevar la sombra podría
pero la luz un nuevo desierto
mi desierto me dio―
739
Muchas veces pensé que la paz había llegado
cuando la paz estaba muy lejos―
como los náufragos ― creen que ven la tierra ―
en el centro del mar ―
y luchan más débilmente ― sólo para probar
tan desahuciadamente como yo ―
cuantas ficticias costas ―
antes del puerto hay ―
Emily Dickinson, Poemas, trad. Por Silvina Ocampo, TUSQUETS editores, Buenos Aires, 2006.
35
Nobody knows this little Rose ―
It might a pilgrim be
Did I not take it from the ways
And lift it up to thee.
Only a Bee will miss it ―
Only a Butterfly,
Hastening from far journey ―
On its breast to lie ―
Only a Bird will wonder ―
Only a Breeze will sigh ―
Ah Little Rose ― how easy
For such as thee to die!
Nadie conoce esta pequeña Rosa ―
Podría ser un peregrino
De no haberla cogido del sendero
Y habértela ofrecido
Sólo una Abeja te echará de menos ―
Sólo una Mariposa,
Precipitándose tras un lejano viaje ―
A yacer en su pecho ―
Sólo un Pájaro se preguntará ―
Sólo suspirará una Brisa ―
¡Ah, Pequeña Rosa ― qué fácil
Para alguien como tú morir!
Emily Dickinson, Poemas, trad. De Margarita Ardanaz, Ed. Cátedra, Madrid, 2004.
VII
Por ejemplo: un hombre en una silla,
sentado, inmóvil, sin motivo.
Y cuando él se mece de repente
nada hay que se explique ni se entienda.
El movimiento es apenas natural.
(Mas quizá la imagen no esté completa.
Puede haber algo en el bolsillo, o en la mano.
Lo que es más o menos evidente
mañana –la foto, con leyenda
y todo, ahí en un rincón del diario.)
IX
Ni el tiempo y su asedio
ni el cálculo frío de los sentimientos
ni la lámina roma del tedio
ni el cuerpo y sus humores varios
y sus untuosas exigencias
-nada puede aplacar la pasión
que no recula ante el supremo horror
de que sean las cosas todo y sólo lo que son.
La piel es fina, la carne es permeable.
Es duro el amor.
X
Prisa de páginas,
avidez de dedos que entorpecen
el espacio exiguo entre el sueño y el hueso
con una epopeya ínfima en negro
y blanco, pierna y pierna y otra pierna,
especie de ciempiés de letras,
o larva, que se arrastra hasta llegar
a mariposa con su epitafio:
recado dado, todo lo decible dicho,
silencio, pluma.
Paulo Henriques Britto, trad. de L. Cerrato y E. Montes, PUENTES/PONTES, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
Poeta brasilero, para leer otros poemas en español ir al sitio del poeta Antonio Miranda también puede leerse más sobre su obra en el Jornal de Poesia.

EN las NOCHES DE TORMENTA, la menor de las tres
chicas escucha el dream dream del viento contra las
puertas dormidas. Y ese rasguido suelta las cuerdas
de lana de su afiebrada voz.
Por la rendija de los labios, dream dream, como di-
ciendo sólo su respiración, con la dicción distraída
de algún sentido delirio, habla el sueño de la chica:
Afuera el diablo chifla/ desde la copa de un árbol:/
cuelga unas babas de choclo/ como lluvia que des-
prende/ su risa deshilachada./ En el comedor del
rancho,/ hierve el mate de la china, se cocina/entre
sus manos:/ -Qué te pasa -le dice la abuela./ -Nada,
estoy pensando un tema./ -Mentira, escuchás ese
sonido que atormenta/ la concordancia universal.
En las noches de tormenta, el rasgado corazón des-
grana su sin sentido. Dream dream: es sólo el rumor
del viento contra las puertas dormidas, la copla del
sentimiento que se esfuma en la vigilia.
María del Carmen Colombo, Extracto de La familia china, hilos editora, Buenos Aires, 2011.
Para saber más de la poeta argentina puede visitarse su página, el Blog del amasijo.
Antaño los bisontes manchaban la llanura
de un claro y suave marrón.
Sus pezuñas hollaban sin miedo esta hierba.
Era su casa. Su vasto
dominio que nadie se atrevía a profanar.
Los veranos
migraban hacia el norte donde el sol se apaga.
Los inviernos hacia el sur
donde languidecen las estrellas.
Camino a Montana he visto bisontes.
Lejanos y míticos bisontes aguardando una
estampida,
un estrépito de pájaros, un canto de guerra.
Si hubo algún Dios en estas tierras
debió tener cara de bisonte.
Desde hace años me persigue ese título
«Okapi herido de muerte».
Debo haberlo leído de niño.
Hojeando las páginas de un álbum,
o las figuras de un libro de animales.
Guardo conmigo la escena.
El zarpazo felino
un fondo de acacias
y el terror de la víctima
tratando de huir, inútilmente.
Raro animal el okapi.
Indeciso entre cebra y jirafa. Temeroso
y nocturno, en peligro de extinción.
Cuando fui a verlo al zoo de Berlín
se acercó desde la página remota
y me dijo en secreto:
«aún estoy herido de muerte».
When two close kindred meet,
What better than call a dance?
W. B. Yeats
El gato de mi vecina arquea su lomo
como el arco de la luna.
La luna
relame sus bigotes como gato
y llora por un platito de leche.
Mi vecina ve televisión
(pero no llora)
y se desliza furtivamente por la hierba
inventando pasitos de baile.
Micifuz o Minnaloushe
la luna
me tenderá esta noche su mano
y yo le diré (con los ojos cambiantes):
«Oh lo siento, no me gusta bailar».
Es tarde, pero quisiera decir algo.
Esa
música tardía, esos ecos que rebotan
en las piedras y crean silencios. No
no es eso exactamente:
entre eco
y eco hay una música y en ella
un ladrido, un dolor, un golpe seco.
La palabra
que alguna vez borramos
vuelve a su lugar.
Como la música
tardía, como el silencio.
Pero no es eso tampoco. Escribir:
callar: cerrar los ojos. Ecos
que rebotan en las piedras y de nuevo
el ladrido, el dolor, el golpe seco.
No sé cómo explicarlo.
Pero es tarde
y en verdad no quiero decir nada.
1
Anoche tuve un sueño. Acompañaba a mi padre
por un camino de tierra. Los dos íbamos a caballo
y apenas cruzábamos palabras. A lo lejos se veía
la sombra de unos sauces, las luces de un pueblo
desconocido y remoto. De pronto, mi padre detuvo
su caballo y preguntó si yo sabía a dónde íbamos.
Le contesté que no. Entonces vamos bien, me dijo.
2
Los caballos del sueño sabían de memoria
el recorrido. Era cuestión de abandonar las
riendas, de dejarse llevar. Eso me causaba un
poco de aprensión, incluso un poco de miedo.
Mi padre, en cambio, parecía muy tranquilo.
Pensé, parece tranquilo porque está muerto.
3
Aquí es donde vivo, dijo como si me quitara
una venda. Fue muy poco lo que vi. Sólo un
páramo de piedras, remolinos de arenisca,
huesos de caballos amarillos. ¿Qué te parece?
No supe qué decir. Tenía sed y me dolía un
poco la garganta. Es un lugar hermoso, dijo,
pero a veces me gustaría regresar. ¿Por qué
no regresas, entonces?, pregunté. Porque es
más fácil que tú vengas me dijo. Y desapareció.
POEMA ESCRITO EL SÉPTIMO DÍA DE OTOÑO
La noche viene de Asia y no hace preguntas.
Adam Zagajewski
1
El humo enturbia el aire de septiembre,
enrojece la luna, estorba la visión de las
montañas. Para consolarme pienso en
la llegada del otoño, en el rojo incendio
del último Tiziano. La radio anuncia los
inconvenientes de hacer ejercicios, de
salir fuera de casa. Escribo sobre animales
para olvidar mi cuerpo, para huir de mí.
2
El humo estorba la visión de las montañas.
Ahora entiendo cuánto necesitaba esas
montañas. En septiembre mantienen algo
de verdor, su discreta y callada presencia.
Esta tarde hay música tranquila. Leo sobre
la vida de los químicos (Davy era amigo de
Coleridge, Scheele era buen tipo, a Lavoisier
le cortaron la cabeza). Escucha los nombres.
Aún conservan su misterio, su antigua y
poderosa magia: mantequilla de antimonio,
azúcar de plomo, licor vaporoso de Libavio.
3
Pobre y guapo Cristo, no se cansa de invocar
a los profetas. Rojo incendio en el Templo
de Jerusalén, legiones romanas apostadas
en las calles. Aquel día, recuerdo, me perdí
entre la multitud. Compré una jaula de
palomas, acaricié los cuernos de una cabra.
4
No entiendo por qué hablas de química,
a ti nunca te atrajo la química. Me gustan
sus metáforas. La mente del poeta, decía
Eliot, es un trozo de platino. Qué habrá
querido decir. Napoleón tercero usaba
cubiertos de platino. Tal vez lo confundía
con la plata, con el humo que oscurece las
ventanas del Templo y estropea el paisaje.
5
Si introduces un trozo de platino en una
cámara con azufre y dióxido de carbono
se forma ácido sulfúrico, pero el platino
no cambia. Los gases son las emociones,
los sentimientos. El platino la mente del
poeta. “En la adolescencia del año llegó
Cristo el tigre” escribió Eliot. Y estaba
equivocado. Ben Pantheras no fue el
padre de Cristo. Fue sólo una leyenda,
un soldado de Roma. Polvo y tumulto.
6
La radio anuncia los inconvenientes de hacer
ejercicios, de salir a la calle. Escribo sobre
animales para escapar de mi cuerpo, para
huir del olvido. Cada animal me recuerda mi
cuerpo. Cada animal me recuerda el olvido.
7
Pobre y guapo Cristo. Lectura obligatoria
de las nueve de la noche. El humo obstruye
la salida, el huerto donde lo espera su Padre.
Lavoisier publicó los Elementos en 1789, fue
una revolución en el mundo científico. Tres
años más tarde otra revolución le cortó la
cabeza. Antes de morir habló con su Padre
en arameo, acarició los cuernos de una cabra.
Miró el rojo incendio del último Tiziano.
8
Esa tarde salí a caminar por los alrededores
del Templo. En el patio había mercaderes,
recaudadores de impuestos, prostitutas
de Canaán. Una de ellas me preguntó si
me sentía bien. Le contesté que sí, que
no se preocupara. Me dijo el Templo es
un lugar seguro, el humo se desvanecerá
pronto, esta noche acuérdate de mí. Yo
le regalé una moneda de plata. Ella me
devolvió el ejemplar de los Elementos que
había perdido en el polvo y el tumulto.
9
Lavoisier fue recaudador de impuestos, por
eso lo condenaron a la guillotina. Eso fue a
finales de septiembre. Antes de morir repasó
la tabla de los elementos, olió el aroma del
bezoar. El rojo incendio del último Tiziano.
10
En septiembre las montañas mantienen algo
de verdor, su discreta y callada presencia.
Hay música tranquila. Y hay contemplación.
Leo y escribo para huir del humo, para huir
de mí. Leo y escribo hasta que llega la noche.
La noche viene de Asia y no hace preguntas.
.
.Eduardo Chirinos, poeta peruano (1960-2016), de http://www.otroparamo.com/diez-poemas-de-eduardo-chirinos-poesia-peruana/ y de http://circulodepoesia.com/2014/06/poesia-de-peru-eduardo-chirinos/

En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo.
*
**
Nunca seré vencida. Sólo a fuerza de vencer. Puesto que cada una de las trampas que sorteo me encierran en el amor, que acabará por ser mi tumba, terminaré mi vida en un calabozo de victorias. Sólo la derrota encuentra llaves y abre puertas. La muerte, para alcanzar al fugitivo, se ve obligada a moverse, a perder esa fijeza que nos hace reconocer en ella al duro contrario de la vida. Nos da la muerte del cisne golpeado en pleno vuelo; la de Aquiles, agarrado por los cabellos que no se sabe qué Razón sombría.. Como en el caso de la mujer asfixiada en el vestíbulo de su casa de Pompeya, la muerte no hace sino prolongar en el otro mundo los corredores de la huida. Mi muerte, la mía, será de piedra. Conozco las pasarelas, los puentes giratorios, todas las zapas de la Fatalidad. No puedo perderme. La muerte, para acabar conmigo, tendrá que contar con mi complicidad.
*
**
¿Te has dado cuenta de que aquellos a quienes fusilan se desploman, caen de rodillas? Con el cuerpo flojo, pese a las cuerdas, se doblan como si se desvanecieran una vez pasado todo. Hacen como yo. Adoran a su muerte.
*
**
No hay amor desgraciado: no se posee sino lo que no se posee. No hay amor feliz: lo que se posee, ya no se posee.
*
**
No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón.
Marguerite Yourcenar. Fuegos, Punto de lectura, Aguilar, Bs. As. 2013.
La anguila, la sirena
de los mares fríos que deja el Báltico
para alcanzar nuestros mares,
nuestros estuarios, los ríos
que remonta profundamente, bajo corriente adversa,
de ramal en ramal
y luego de cabello en cabello,
siempre más adentro, siempre más hacia el corazón
de la piedra, filtrando
en acequias de fango, hasta que un día
una luz arrojada desde los castaños
enciende su serpenteo en charcos de agua muerta,
en las zanjas que bajan
de los saltos de los Apeninos a la Romaña;
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de amor en la tierra
que solo nuestros barrancos o disecados
arroyitos pirenaicos reconducen
a paraísos de fecundación;
el alma verde que busca
vida donde solo
muerde la aridez y la desolación,
la centella que dice
todo comienza cuando todo parece
carbonizarse, rama seca sepultada;
el iris breve, gemelo
del que engastan tus pestañas
y haces brillar intacto en medio de los hijos
del hombre, inmersos en tu fango, ¿puedes tú
no creerla hermana?
Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981), La bufera e altro, 1956
Versión de Jorge Aulicino
L’ anguilla
L’anguilla, la sirena / dei mari freddi che lascia il Baltico / per giungere ai nostri mari, / ai nostri estuari, ai fiumi / che risale in profondo, sotto la piena avversa, / di ramo in ramo e poi / di capello in capello, assottigliati,/ sempre più addentro, sempre più nel cuore / del macigno, filtrando / tra gorielli di melma finché un giorno / una luce scoccata dai castagni / ne accende il guizzo in pozze d’acquamorta, / nei fossi che declinano / dai balzi d’Appennino alla Romagna; / l’anguilla, torcia, frusta, / freccia d’Amore in terra / che solo i nostri botri o i disseccati / ruscelli pirenaici riconducono / a paradisi di fecondazione; / l’anima verde che cerca / vita là dove solo / morde l’arsura e la desolazione, / la scintilla che dice / tutto comincia quando tutto pare / incarbonirsi, bronco seppellito; / l’iride breve, gemella / di quella che incastonano i tuoi cigli / e fai brillare intatta in mezzo ai figli / dell’uomo, immersi nel tuo fango, puoi tu / non crederla sorella?
Antologia Virtuale della Poesia Italiana
En: http://campodemaniobras.blogspot.com.ar/2010/01/eugenio-montale-anguila.html