Un poco más de Emily en tiempos de cuarentena

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Algunas cosas hay que vuelan—
pájaros — horas — abejorro —
de éstos no hay elegía.
 
Algunas cosas hay que quedan, que están ahí —
pena — montañas — eternidad —
ni éstos me preocuparon.
 
Algunas hay que descansando, se elevan.
¿Puedo yo interpretar los cielos?
¡Qué inmóvil el acertijo yace!


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¿Habrá realmente un mañana?
¿Habrá una cosa semejante al día?
¿Podría verlo desde las montañas
si yo fuese tan alta como ellas?
 
¿Tiene pies como las Ninfeas?
¿Tiene plumas como un pájaro?
¿Lo traen de países célebres
de los que nunca oí hablar?
 
¡Erudito! ¡Marinero!
¡Hombre sabio del cielo!
¡Por favor vengan a decir a un pequeño peregrino
en dónde está el lugar llamado mañana!

Emily Dickinson, Poemas, Seleción y traducción de Silvina Ocampo, Tusquets editores, Buenos Aires, 2008.

Emily Dicksin History, Giphy.

DOS FLORES AZULES

 

Dos fechas habían grabado en el metal

pegado sobre el mármol:

una de las dos estaba mal.

La primera fecha era un poco tu nombre,

era más tu nombre que tu nombre mismo:

fórmula de una promesa de futuro,

vacío ahora, mi otro cumpleaños.

Nunca te dije que para mí sus números

venían de colores. Yo los leía al revés:

el doble seis de oro, blanca la o de octubre,

caoba el nueve y el dos azul oscuro.

Nada me decía tu apodo entre comillas

pero si aquel sol tan blanco sobre blanco

como el medio día de las expediciones

y de los cumpleaños que no festejamos:

¿cuál fecha estaba mal?

Al fin traduje a flores tu nombre hecho de años

y acomodé esas cosas blandas de colores

al pie de las dos fechas y de tu silencio

con tanto cuidado como si fuesen palabras,

esas que no llegamos a decirnos.

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Nothern lights – Alexandro Lacadena – Flickr CC

++

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En el último año de dos ceros

era un fenómeno global el borde

de tu párpado inferior izquierdo:

tuve el cielo delante, igual que un río.

 

Hoy desperté pensando en los grandes planetas,

en qué puede esperarse todavía

de sus lejanas curvas invisibles.

Expedienten vía muerta, el aire dura sin sueños.

 

queda un minuto para atarse los cordones

antes de que desaparezca todo esto;

abre una página, rozo las letras con los ojos

como si acariciara el mudó césped.

 

 

++

 

LA VERDAD

(Leipzig, 1901)

 

Cuando todo lo que queda por leer es un mapa,

voces que preguntan por la razón de un nombre,

vestigios de escritura sin trazo que acontezca,

nada que haga tope;

cuando la fibra de lo bello es mentira

Y hay que roer como ácido para saber

qué queda de lo amado cuando se lo investiga

con una mirada como una luz de cal

que todo hace desaparecer en su blancura

la verdad es una playa distante,

La verdad es el hueso sin la carne,

es el cuerpo ya sin tiempo ni arrojado,

son las cuerdas sin música ni sentido,

la verdad es el cielo quemado.

 

 

Beatriz Vignoli, Luz azul, Bajo la luna, Buenos Aires, 2017.

Vignoli nació en Rosario, Argentina, en 1965. Ha publicado libros de poesía como Viernes, Bengala, Itaca, Almagro, y novelas como DAF y Reality. “Compuse mentalmente mi primer poema a los 11 años en un campamento de verano mientras miraba las estrellas desde una bolsa de dormir. No lo anoté y me lo olvidé”, dijo en el blog Horas robadas a la noche. En: https://www.eternacadencia.com.ar/blog/libreria/poesia/item/escribir-es-como-vivir-en-una-tumba-tres-poemas-de-beatriz-vignoli.html

 

 

Decir

1

Donde  más digo menos digo.

Y si porfío sin cambiar de elán o polo o centro

enrosco ablando borro lo ya dicho.

Porque decir es un rayo y su sombra.

 

 

2

Tengo una herida siempre verde

que reconoce el filo

del nombre oculto en la neblina.

 

3

Cuando recibo una palabra inesperada

la retengo y vigilo sus diferentes porvenires

hasta que alguno de ellos

de pronto se recuerda se incorpora

y no hay palabra ya

sino un gran viento que me empuña.

 

4

Quisiera ensayar

el paso de lis

del fuego que sube al espíritu.

 

5

Persiguiéndome por los ríos

espero alcanzarme en el mar

y encontrar en mi infancia

un dios irresistible

un sonido que abra y cierre los otros

como un nocturno barco surcando un arpa.

 

 

6

Quisiera decir la pasión

aterradora del universo en la noche,

su ardiente abrazo que abandona.

 

 

2016042604182233e75ff09dd601bbe69f351039152189Amelia Biagioni (1916-2000), Las cacerías en Poesía completa, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2009.

 

Infancias

Nos alejábamos de la infancia; la leche

tibia de antes se había cortado

para siempre y ahora sólo

quedaba el sabor de las lágrimas,

del sudor, de la sangre derramada sobre

la que era

imposible llorar. Es nuestra historia

sagrada, con sus trofeos temblorosos

con sus varas macilentas y tiesas. Después

fue el verdadero fin de la niñez, y hubo

paz en los cementerios, y una racha

de luz iluminó

las garganta cegadas

por el horror de tantos cambios y tanto

crecimiento para el desastre.

Había entonces un aire donde nadar, un barro,

donde hundirse en paz, tropezando

en pleno vuelo con un ave del agua; ella

apenas toca con el hocico

nuestro flanco asustado, muerto de escamas,

sensible en la corriente fuerte

de los remansos que giraban

con nuestro tiempo, que estallaban

con nuestros objetivos. Lo rodean

tácticamente, desmenuzaron una estrategia.

La vida fácil alborota

el corazón irresponsable todavía

para amar de otra manera; no tiene

presente los riesgos

que lo rodeaban. Apenas

puede dejarse querer un poco: corazón

simple, pretendiendo abrir

el destino, la carne

de la patria; corazón fracasado,

impotente, débil

ante la fuerza

de los que han fabricado

la tierra y las piedras

y el aire que pisamos, el viento

que nos hace tambalear, dudando

como el estallido de una bomba

sobre el Japón, sobre

todo lo que brillaba, lo que crecía

para el amor o para sus escombros.

Paco Urondo, Adolecer (fragmento) en Obra poética, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2007.

Podemos escuchar otro fragmento de este hermoso libro-poema leído por Cristina Banegas en el documental La palabra justa.

Alfonsina

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Alfonsina Storni en Mar del Plata. Fuente: Wikimedia Commons.

Barrancas del Plata en Colonia


Redoble en verde de tambor los sapos

y altos los candelabros mortecinos

de los cardos me escoltan con el agua

que un sol esmerilado carga al hombro.

 

El sol me dobla en una larga torre

que va conmigo por la tarde agreste

y el paisaje se cae y se levanta

en la falda y el filo de las lomas.

 

Algo contarme quiere aquel hinojo

que me golpea la olvidada pierna,

máquina de marchar que el viento empuja.

 

Y el cielo rompe dique de morados

que inundan agua y tierra; y sobrenada

la arboladura negra de los pinos.

 

                               ——

 

Danzón porteño

Una tarde, borracha de tus uvas

amarilla de muerte, buenos aires,

que alzas en sol de otoño en las laderas

enfriadas del oeste, en los tramontos,

 

vi plegarse tu negro Puente Alsina

como un gran bandoneón y a sus compases

danzar tu tango entre haraposas luces

a las barcazas rotas del Riachuelo:

 

Sus venenosas aguas, viboreando

hilos de sangre; y la hacinada cueva;

y los bloques de fábricas mohosas.

 

echando alientos, por las chimeneas,

de pechos devorados, machacaban

contorsionados su obsedido llanto.

 

——

 

Palabras manidas a la luna

 

Quiero mirarte una vez más, nacida

del aire azul, con gotas de rocío

pendientes sobre el mundo, aligerada

de la angustia mortal y su miseria.

 

Sobre el azogue, más azul, del río,

diciendo “llora”, amé, tan transparente

que no hay palabras para aprisionarte,

nácar y nieve sueños de ti misma.

 

Baja: mi corazón te está pidiendo.

Podrido está; lo entrego a tus cuidados.

Pasa tus dedos blancos suavemente

 

sobre él; quiero dormir, pero en tus linos,

lejano el odio y apagado el miedo;

confesado y humilde y destronado.

 

——

 

Planos en un crepúsculo

 

Primero había una gran tela azúrea

de rosados dragones claveteada;

muy alta y desde lejos avanzando,

pero recién nacida y pudorosa.

 

Y más abajo grises continentes

de nubes separaban los azules;

y más abajo pájaros oscuros

bañábanse en los mares intermedios.

 

Y más abajo aún, ceñudo el bloque

de milenarios pinos susurraba

una canción primera de raíces.

 

Y estaban, más abajo todavía,

prendidos a la tierra los humanos

rechinando los dientes y herrumbrosos.

Alfonsina Storni, Poesía en  Mascarilla y trébol (1938), Buenos Aires, Losada editorial, 2017.

——

 

Uno

 

Viaja en el tren en donde viajo. ¿Viene

del Tigre, por ventura?

Su carne firme tiene

la moldura

 

de los varones idos y en su boca

como en prieto canal,

se le sofoca

el bermejo caudal…

su piel

color de miel

delata el agua que baño la piel.

(¿Hace un momento, acaso, las gavillas

de agua azul, no abrían sus mejillas,

los anchos hombros, su brazada heroica

de nadador?)

 

¿No era una estoica

flor

todo su cuerpo elástico, elegante,

de nadador,

echado hacia adelante

en el esfuerzo vencedor?

 

La ventanilla copia el pétreo torso

disimulado bajo el blanco lino de la pechera.

(¿En otras vidas, remontaba el corso

mar, la dulce aventura por señuelo,

con la luna primera?)

 

Luce, ahora, un pañuelo

de fina seda sobre el corazón,

y sobre media delicada cae su pantalón.

 

Desde un asiento, inexpresiva, espío

sin mirar casi, su perfil de cobre.

¿Me siente acaso? ¿Sabe que está sobre

su tenso cuello este deseo mío

de deslizar la mano suavemente

por el hombro potente?

                               ——

 

Momento

 

Una ciudad hecha de huesos grises

se abandona a mis pies.

 

Como tajos negros,

las calles

separan el osario, lo cuadriculan,

lo ordenan, lo levantan.

 

En la ciudad, erizada de dos millones de hombres,

no tengo un ser amado…

 

El cielo, más gris aún

que la ciudad,

desciende sobre mí,

se apodera de mi vida,

traba mis arterias,

apaga mi voz…

 

Como un torbellino,

no obstante,

al que no puedo substraerme.

el mundo gira alrededor

de un punto muerto:

mi corazón.

——

 

Torre

 

Suspendida en el aire,

mi casa respira,

por sus anchas ventanas,

la energía

solar.

Encerrándola

en su anillo enloquecedor

el cielo circula por ella

de un extremo a otro

en largos y anchos

ríos de luz.

En el centro,

isla triste y solitaria,

mi cuerpo,

quieto contra la corriente,

absorbe.

 

Alfonsina Storni, Poesía en  Mundo de siete pozos (1935), Buenos Aires, Losada editorial, 2017.

 

Alfonsina Storni  (1892-1938) es considerada una de las poetas más importantes de nuestro país, con gran influencia en las generaciones posteriores. Para leer más sobre ella, la nota de Vicente Muleiro en Caras y Caretas en 2018.

Atenas

viajar desde Atenas hacia algún sitio

permanecer entre el cristal y el pálido reflejo

ese paraíso dibuja fronteras en el mapa

escondido abierto o solo

el abandono que hay en mí

me embriaga de licor y de néctar

y me busco entre cañas o persianas

la casa se llenó de sombras

pero te sigo en la luz a la que fui invitada.

 

 

Inédito.

 

 

Pequeño charco

Pequeño charco por Carlos Castro, FlickrCC.