La grandeza de Dios

 

El mundo está cargado de la grandeza de Dios.
Flamea de pronto, como relumbre de oropel  sacudido;
Se congrega en magnitud, como el légamo de aceite
Aplastado. ¿Por qué pues los hombres no acatan su vara?
Generaciones han ido pisando, pisando, pisando;
Y todo lo agosta el comercio; lo ofusca, lo ensucia  el afán;
Y lleva la mancha del hombre y comparte del
    hombre el olor: el suelo
Se halla desnudo, ni el pie, calzado, puede ya sentir.

 

Y con todo esto, natura nunca se agota;
Vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada;
Y aunque las últimas luces del negro occidente partieron,
Oh, la mañana, en el pardo borde oriental, mana;
Pues el Espíritu Santo sobre el corvado
Mundo cavila con cálido pecho y con ¡ah! vívidas  alas.

1877.

 

Gerard Manley Hopkins, trad. Juan Tovar, Univ. C. de México, 2008.

imageCreada casi en secreto durante el último periodo victoriano, la obra de Gerard Manley Hopkins —una de las más intensas y originales de la poesía inglesa— no se editó sino hasta 1918, en un mundo sin duda mejor preparado para concebir tanto sus búsquedas formales (su experimentación rítmica hizo escuela), como su angustia y desesperada alegría. Hopkins presintió en carne viva la desintegración de un orden de cosas y, anticipándose a ella, violentó las convenciones por explorar el entrevero profundo de voluntad y naturaleza, verbo y encarnación, y revelar en nuevas formas la permanencia esencial de la vida. Es un poeta de la dualidad que no busca trascenderla sino armonizarla, y de hecho no supone otra unidad que esa armonía; un poeta religioso cuyo Dios sólo a los sentidos se manifiesta.

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más américas: Eduardo Chirinos

LA SOLITUDINE
“ESTOY TRISTE, y hace un día tan hermoso”.
Leo una vez más el poema de Saba. El invierno

en sus ojos se hace primavera: el canto
de los pájaros inquieta la nieve, la franja
de sol que agradecen mis ojos.

No sé si hoy debería entristecerme, pero

sólo en mi corazón hay lluvia. ¿Por qué
escribo la palabra corazón? Yo nunca

he escrito la palabra corazón. Debo
escribirla, sin embargo. En nombre
del amor que no es perfecto, en nombre

del amor que pasa por las calles y se va
sin importarle si el día es hermoso. O no.

 

EDUARDO CHIRINOS (Lima, 1960) es autor de los siguientes libros de poesía: Cuadernos de Horacio Morell (Lima, 1981, reeditado en 2006); Crónicas de un ocioso (Lima, 1983); Archivo de huellas digitales (Lima, 1985); Rituales del conocimiento y del sueño (Madrid, 1987); El libro de los encuentros (Lima, 1988); Recuerda, Cuerpo… (Madrid, 1991); El Equilibrista de Bayard Street (Lima, 1998), Abecedario del Agua (Valencia, 2000); Breve historia de la música (Premio Casa de América de Poesía, Madrid, 2001); Escrito en Missoula (Valencia, 2003); No tengo ruiseñores en el dedo (Valencia, 2006) . En 1999 la editorial sevillana Renacimiento publicó una selección antológica de sus poemas bajo el título Naufragio de los días (1978-1998). En el 2003 la Editorial Filodecaballos de Guadalajara (México) publicó su antología personal Derrota del otoño.

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como el cielo, el mundo verdadero es pastoril.

El poder de la oración

 

Ciertas mañanas, desrezo:

la vida humana es demasiado miserable.

Un pequeño desajuste en los huesitos

hace doler mi espalda.

Siento ganas de vociferar a Dios.

El está escondido pero responde:

“la tela de jean no encoge”.

Y yo entiendo perfecto

el conmovedor esfuerzo de la humanidad

que se hace ropa nueva para ir a la fiesta,

el plato esmaltado donde le gusta comer,

un plato hondo verde inmenso  mar lleno de historias.

La vida humana es muy venturosa.

“¿La tela de jean no encoge?”

Mi corazón tampoco.

Cuando en ciertas mañanas desrezo

es por olvido,

sólo por desatención.

 

Gracias

El mundo es un jardín. Una luz baña al mundo.

La limpieza del aire, el verdor después de las lluvias,

los campos vistiendo el césped como el carnero a su lana.

El dolor sin hiel: una mariposa viva clavada.

Acuden los gratos recuerdos:

muchachas descalzas, vestidos vaporosos,

todo lleno de savia como la juventud,

insidioso placer sin objeto.

Insisto en el vicio antiguo –para protegerme del inesperado gozo.

¿Y la mujer fea? ¿Y el hombre opaco?

En vano. Están todos nimbados como yo.

La lata vacía, el estiércol, el leproso en su caballo

están resplandecientes. En las nubes hay un rey, un reino,

un bobo con sus adornos, un príncipe. Yo paseo en ellas,

es sólido. Lo que no veo, existe más que la carne.

Dios me dio esta tarde inolvidable,  ha limpiado mis ojos y pude ver:

como el cielo, el mundo verdadero es pastoril.

 

Adelia Prado, El corazón disparado. Editorial Leviatan, Colección Brönte, Bs.As., 1994.

Cuadro: Paisaje con un puente de piedra, Rembrandt.

El hombre que caminaba

Uno de los misterios mayores de la literatura, y del arte en general, aparece en el momento en que se decide si una obra está terminada. En este sentido, una muerte prematura lo trastoca todo y acelera, paradójicamente, la publicación de obras inconclusas. Campo Santo de W. G. Sebald –editado hace unos años– reúne un buen número de trabajos inacabados y textos dispersos, pero el escritorio de Sebald debía de tener varios cajones secretos porque siguen surgiendo materiales apreciados. De cualquier modo, nunca una obra es tan breve como aparenta. El libro en homenaje a Sebald,Saturn’s Moons, incluye diversas piezas recuperadas del olvido, entre ellas un puñado de ensayos, un guión y tres entrevistas redescubiertas. El texto más sustancial, “Los ángeles tallados de East Anglia”, de 1974, ya denota su gusto por la prosa semi-documental, como él mismo la llamaba, por iglesias y casas de antigüedades, por regiones que resguardan un tiempo perdido. Otro notable documento es un guión jamás filmado sobre Ludwig Wittgenstein, proyecto que no consiguió fondos a pesar de la precariedad de la propuesta; la intención de Sebald era armar un filme con fotografías.
Considerable material inédito también contiene Across the Land and the Water, que recopila poemas escritos desde 1964 hasta su muerte. Son poemas breves, narrativos, recortados y retirados de la moviola de su prosa. Como suele pasar con sus relatos, lo más memorable es lo pasajero: un encuentro fortuito en un ferry, una confesión repentina, la forma de las hojas de un árbol extraño. No hay que olvidar que su primer libro fuera de los ensayos críticos fue Del natural, un largo poema que retrata a tres exploradores: el pintor Matthias Grünewald –“testigo del milagro de la nieve”–, el botánico Georg Steller y el propio autor. El año que apareció Austerlitz –su último año de vida– también publicó en una revista una serie de poemas sobre pueblos y paisajes del norte alemán y una serie de poemas brevísimos –For Years Now– del estilo de: “En los tiempos de Scipio / uno podía caminar / todo a lo largo / del norte de África / en la sombra”.

Seguir leyendo en http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Sebald-Saturns-Moons_0_606539360.html

Sleep in the Mojave desert

Out here there are no hearthstones,
Hot grains, simply. It is dry, dry.
And the air dangerous. Noonday acts queerly
On the mind’s eye erecting a line
Of poplars in the middle distance, the only
Object beside the mad, straight road
One can remember men and houses by.
A cool wind should inhabit these leaves
And a dew collect on them, dearer than money,
In the blue hour before sunup.
Yet they recede, untouchable as tomorrow,
Or those glittery fictions of spilt water
That glide ahead of the very thirsty.

 

I think of the lizards airing their tongues
In the crevice of an extremely small shadow
And the toad guarding his heart’s droplet.
The desert is white as a blind man’s eye,
Comfortless as salt. Snake and bird
Doze behind the old maskss of fury.
We swelter like firedogs in the wind.
The sun puts its cinder out. Where we lie
The heat-cracked crickets congregate
In their black armorplate and cry.
The day-moon lights up like a sorry mother,
And the crickets come creeping into our hair
To fiddle the short night away.

Silvia Plath

el musgo de la tapia

 

Danza del derviche

 

El salto de la rana

entre los yuyos de la zanja,

 

 

el sol de la mañana

sobre los granos de la espiga,

 

 

la sombra del hinojo

sobre el musgo de la tapia,

 

 

el blanco de la escarcha

sobre el verde de la ortiga;

 

 

la ruta de la hormiga

en el desierto de las lajas,

 

 

el silbo de las cañas

tras los muros del baldío,

 

 

la espina de la rosa

en la lisura de la rama,

 

la danza del derviche

en una gota de rocío.

 

Hugo Padeletti (1928)
Argentina

En: http://www.ciudadypoesia.gob.ar/?ac=poesia&ncPoesia=145

 

Foto de: Martin. http://www.flickr.com/photos/mfaras/

El mundo es perfecto

Formas

De una sola manera se puede decir a alguien:
“no te olvido”.
La cuerda del violoncello queda vibrando sola
bajo un arco invisible
y los pecados desaparecen como ratas al descubierto.
Mi corazón asombra porque late
y hay sangre en él y va a parar un día
y se vuelve un tambor patético
si decís en mi oído:
“no te olvido”.
Manchas de luz en la pared,
una jarra pequeña
con tres rosas de plástico.

Todo en el mundo es perfecto.
Y la muerte es amor.

 

Adelia Prado.

En http://muchachodeloshelados.blogspot.com/2011/10/adelia-prado-veni-sin-paraguas-aunque.html