Espacio para mirar, soñar y pensar un poco sobre poesía y otras latitudes derramadas en la superficie.
Autor: Alejandra Aguirre
Nací en Buenos Aires en 1970. Participé de la Clínica de Escritura Poética coordinada por Liliana Lukin y publiqué en la Antología 2008/2009 y Antología 2010/2011 (Ediciones La BIblioteca). Ventana lateral recibió la segunda mención del premio Fondo Nacional de las Artes (2009).
En 2013 publiqué al ras en Ediciones La Biblioteca.
Siomara abre los ojos. No sabe cuánto durmió pero se siente descansada, liviana, el pecho abierto. Hace mucho que no despierta con una sensación tan buena. Sin moverse estira una mano y acaricia el pedazo de sábana tirante a su lado. Se queda mirando el techo. La casa está en silencio, de no ser por los pequeños quejidos que hacen las casas en verano. La chapa de cinc dilatándose por el calor. El ir y venir de los ararás que taladran las vigas de madera. El piso de cemento que cruje en alguna parte, el comienzo de una grieta nueva. La respiración pausada de su humanidad recién despierta. No quiere moverse para no romper ese equilibrio frágil. Quiere quedarse en pausa. No pensar. No acordarse.
Selva Almada, No es un río, Literatura Random House, 2020.
El error que comete una cosa al caer de tus manos, la absurda equivocación de una hoja al no caer sobre la tierra, la confusión de un aroma que emigra de una flor y se va a perfumar un pensamiento, no deben atribuirse a sus modales inexpertos sino al defecto fundamental que el azar distribuye como una noche quebrada por el apocalipsis encubierto de los días.
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Esta concreta conspiración del desacierto indica que la historia aún no ha empezado y el hombre sólo registra en sus anales inciertos simulacros de antistoria.
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Tan sólo una imaginación regenerada que trace los movimientos del regreso, del perfume a la flor, de las hojas al árbol, de una cosa a tu mano, del azar al azar, de la noche a la noche, puede iniciar la historia verdadera.
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El mundo está repleto de anodinos fantasmas. Hay que hallar los fantasmas esenciales.
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Voy perdiendo las zonas intermedias. Percibo sólo lo muy cercano o lo muy lejano.
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Este cambio radical de los sentidos o quizá este surgimiento de un sentido distinto confirma mi sospecha de que sólo en los extremos habita lo real.
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El infinito no es igualmente infinito en todas sus partes.
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En sus puntos más intensos las mayores distancias se reabsorben. La lección mayor del infinito es dejar de ser a veces infinito.
Foto: Manos que tallan, Ignacio Fabiani Rodríguez, Flickr CC.
X
Prisa de páginas,
avidez de dedos que entorpecen
el espacio exiguo entre el sueño y el hueso
con una epopeya ínfima en negro
y blanco, pierna y pierna y otra pierna,
especie de ciempiés de letras,
o larva, que se arrastra hasta llegar
a mariposa con su epitafio:
recado dado, todo lo decible dicho,
silencio, pluma.
Paulo Henriques Brito (1951) poeta brasilero contemporáneo. Esta selección de poemas corresponde al libro Puentes/Pontes, trad. Cerrato L y Montes E., editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
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Algunas cosas hay que vuelan—
pájaros — horas — abejorro —
de éstos no hay elegía.
Algunas cosas hay que quedan, que están ahí —
pena — montañas — eternidad —
ni éstos me preocuparon.
Algunas hay que descansando, se elevan.
¿Puedo yo interpretar los cielos?
¡Qué inmóvil el acertijo yace!
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¿Habrá realmente un mañana?
¿Habrá una cosa semejante al día?
¿Podría verlo desde las montañas
si yo fuese tan alta como ellas?
¿Tiene pies como las Ninfeas?
¿Tiene plumas como un pájaro?
¿Lo traen de países célebres
de los que nunca oí hablar?
¡Erudito! ¡Marinero!
¡Hombre sabio del cielo!
¡Por favor vengan a decir a un pequeño peregrino
en dónde está el lugar llamado mañana!
Emily Dickinson, Poemas, Seleción y traducción de Silvina Ocampo, Tusquets editores, Buenos Aires, 2008.
Alfonsina Storni en Mar del Plata. Fuente: Wikimedia Commons.
Barrancas del Plata en Colonia
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Redoble en verde de tambor los sapos
y altos los candelabros mortecinos
de los cardos me escoltan con el agua
que un sol esmerilado carga al hombro.
El sol me dobla en una larga torre
que va conmigo por la tarde agreste
y el paisaje se cae y se levanta
en la falda y el filo de las lomas.
Algo contarme quiere aquel hinojo
que me golpea la olvidada pierna,
máquina de marchar que el viento empuja.
Y el cielo rompe dique de morados
que inundan agua y tierra; y sobrenada
la arboladura negra de los pinos.
——
Danzón porteño
Una tarde, borracha de tus uvas
amarilla de muerte, buenos aires,
que alzas en sol de otoño en las laderas
enfriadas del oeste, en los tramontos,
vi plegarse tu negro Puente Alsina
como un gran bandoneón y a sus compases
danzar tu tango entre haraposas luces
a las barcazas rotas del Riachuelo:
Sus venenosas aguas, viboreando
hilos de sangre; y la hacinada cueva;
y los bloques de fábricas mohosas.
echando alientos, por las chimeneas,
de pechos devorados, machacaban
contorsionados su obsedido llanto.
——
Palabras manidas a la luna
Quiero mirarte una vez más, nacida
del aire azul, con gotas de rocío
pendientes sobre el mundo, aligerada
de la angustia mortal y su miseria.
Sobre el azogue, más azul, del río,
diciendo “llora”, amé, tan transparente
que no hay palabras para aprisionarte,
nácar y nieve sueños de ti misma.
Baja: mi corazón te está pidiendo.
Podrido está; lo entrego a tus cuidados.
Pasa tus dedos blancos suavemente
sobre él; quiero dormir, pero en tus linos,
lejano el odio y apagado el miedo;
confesado y humilde y destronado.
——
Planos en un crepúsculo
Primero había una gran tela azúrea
de rosados dragones claveteada;
muy alta y desde lejos avanzando,
pero recién nacida y pudorosa.
Y más abajo grises continentes
de nubes separaban los azules;
y más abajo pájaros oscuros
bañábanse en los mares intermedios.
Y más abajo aún, ceñudo el bloque
de milenarios pinos susurraba
una canción primera de raíces.
Y estaban, más abajo todavía,
prendidos a la tierra los humanos
rechinando los dientes y herrumbrosos.
Alfonsina Storni, Poesía en Mascarilla y trébol (1938), Buenos Aires, Losada editorial, 2017.
——
Uno
Viaja en el tren en donde viajo. ¿Viene
del Tigre, por ventura?
Su carne firme tiene
la moldura
de los varones idos y en su boca
como en prieto canal,
se le sofoca
el bermejo caudal…
su piel
color de miel
delata el agua que baño la piel.
(¿Hace un momento, acaso, las gavillas
de agua azul, no abrían sus mejillas,
los anchos hombros, su brazada heroica
de nadador?)
¿No era una estoica
flor
todo su cuerpo elástico, elegante,
de nadador,
echado hacia adelante
en el esfuerzo vencedor?
La ventanilla copia el pétreo torso
disimulado bajo el blanco lino de la pechera.
(¿En otras vidas, remontaba el corso
mar, la dulce aventura por señuelo,
con la luna primera?)
Luce, ahora, un pañuelo
de fina seda sobre el corazón,
y sobre media delicada cae su pantalón.
Desde un asiento, inexpresiva, espío
sin mirar casi, su perfil de cobre.
¿Me siente acaso? ¿Sabe que está sobre
su tenso cuello este deseo mío
de deslizar la mano suavemente
por el hombro potente?
——
Momento
Una ciudad hecha de huesos grises
se abandona a mis pies.
Como tajos negros,
las calles
separan el osario, lo cuadriculan,
lo ordenan, lo levantan.
En la ciudad, erizada de dos millones de hombres,
no tengo un ser amado…
El cielo, más gris aún
que la ciudad,
desciende sobre mí,
se apodera de mi vida,
traba mis arterias,
apaga mi voz…
Como un torbellino,
no obstante,
al que no puedo substraerme.
el mundo gira alrededor
de un punto muerto:
mi corazón.
——
Torre
Suspendida en el aire,
mi casa respira,
por sus anchas ventanas,
la energía
solar.
Encerrándola
en su anillo enloquecedor
el cielo circula por ella
de un extremo a otro
en largos y anchos
ríos de luz.
En el centro,
isla triste y solitaria,
mi cuerpo,
quieto contra la corriente,
absorbe.
Alfonsina Storni, Poesía en Mundo de siete pozos (1935), Buenos Aires, Losada editorial, 2017.
Alfonsina Storni (1892-1938) es considerada una de las poetas más importantes de nuestro país, con gran influencia en las generaciones posteriores. Para leer más sobre ella, la nota de Vicente Muleiro en Caras y Caretas en 2018.