Rodolfo Alonso

Después

 
Después de desconfianzas y terrores
fracasos y conquistas
después del vino bueno y el mal gusto
la palabra adecuada
el paso en falso
 
Después del desafío y la esperanza
la mirada inicial
lo que nos duele
 
Después de la tormenta y el aroma
estruendoso de la tierra ofrecida
después de los relámpagos
feroces de la suerte
la hembra en ansia
la canción del mendigo
los sueños que vendrán
los médanos del hábito
 
Después de derrochar el día indicado
después de ser de hacer
de hacer posible
e imperecedero lo imposible
después de haber llegado tarde
cuando no lo esperaban
 
Después del tiempo roto
el alba intacta
después de borrar huellas
de unos pasos perdidos
de abrazar la costumbre
para que no la dejes
 
Tiene cara de pocos amigos la mañana
hablas para no verte
te tapas con tu sombra
y la sombra futura se acrecienta
para ocultar el mundo
inusualmente vivo
 
Los clarines del día
le devuelven sentido te reinstalan
en la vida que no te necesita
en el despiadado amanecer
 
Y en la ávida sombra
con que el abismo te enceguece
algo nos vive o se burla de nosotros
o es tal vez puro azar puro nonsense
estalla la poesía el porvenir
se hace historia quebrada en este instante
aquí y ahora para siempre
 
 
Crónicas del Proceso
a Franz Kafka,
      con toda modestia
 
Parecía presumirse un panorama
preferible: una fraternidad latente, un coro
subyugado. Pero la cosa vino a dar
en cambalache apenas, mancebía,
trastienda de tartufo, cuchitril
de usurero, lenocinio, caverna
de bandoleros pobres,  noche de miserables
lomos mojados por la lluvia
que nunca cesará.
 
Textos incluidos en “Poemas pendientes”, de Rodolfo Alonso, con prólogo de Lêdo Ivo (Alción Editora, Córdoba, 2010). Reeditado en México por la Universidad Veracruzana (Xalapa, 2011). En curso de traducción para su edición en Brasil (Topbooks Editora, Rio de Janeiro).
 

Fábula

Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες
Πρώονες τε καˆ χαράδραι
(Las crestas montañosas duermen; los valles,
los riscos y las grutas están en silencio).
(Alcmán [60(10),646])

Escúchame —dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza—. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.
 
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.
 
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.
 
Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.
 
Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían: DESOLACIÓN.
 
Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.
 
Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.
 
Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
 
Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
 
Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.
 
Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
 
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.
 
Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

En Cuentos completos
Traducción: Julio Cortázar
Imagen: @Berg Collection portrait file. / Edgar Allan Poe.

 

Un poco de aire nuevo con Juanele

Señor…

He sido, tal vez, una rama de árbol,
una sombra de pájaro,
el reflejo de un río…

 

Señor,

esta mañana tengo

los párpados frescos como hojas,

las pupilas tan limpias como de agua,

un cristal  en la voz como de pájaro,

la piel toda mojada de rocío,

y en las venas,

en vez de sangre,

una dulce corriente vegetal.

 

Señor,

esta mañana tengo

los párpados iguales que hojas nuevas,

y temblorosa de oros,

abierta y pura como el cielo el alma.

 

 

Juan L. Ortiz, El agua y la noche en Juan L. Ortiz. Obra completa, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 2005.

castillos

Después de tanto… un poema propio para barrer silencios.

 

como quién busca en otro mundo,

en esta siesta  mis párpados se cierran

y transcurre en un soplido

el monte se delinea verde,

bien brillante,

cielo claro y una orilla

donde quieras, esa orilla

entre la noche y el desayuno

tus sonidos salen esponjosos,

despegándose apenas de la superficie

para reír entre las palabras

 

me cierro y busco el sueño

Foto: Franco Fontana, Paesaggio. http://www.fotochepassione.com/Fontana6.htm

 

Entrevista a Olga Orozco

 

—¿Cómo se ha ido transmutando su pa­labra? ¿Cuál es el matiz más reconocible de aquella búsqueda del centro que siempre se escabulle, como parece ser la creación poética?

—Cuando pude trasladar mi juego al papel, se fue convirtiendo poco a poco en una apremiante tentativa de intercambio con lo inasible, cada vez más exigente, más rigurosa y más insatisfactoria. Puedo decir que siempre choqué con la zona vedada, la zona intransitable para el razonamiento o la explicación suficiente. Esta zona estaba en todas partes, dentro y fuera de mí, fuera y dentro de las cosas. Creo que supe desde muy temprano que la forma no era el límite, que había prolongaciones invisibles que iban desde el revés de la forma hasta mucho más allá de eso que llamamos esta realidad. Y me dediqué a interrogar las sucesivas realidades que hay detrás y que la incluyen, naturalmente, y siempre recibí como respuesta otra interrogación. Por otra parte, creo que eso es la poesía en sí: una permanente interrogación que lleva un poco más allá. En cuanto a la alquimia realizada a través de los años, si bien es evidente que el lenguaje se ha ampliado y que el estado de alerta frente a cada paso del proceso creador se ha ido exacerbando, mis intentos de aproximación a lo indecible se dirigen a los mismos centros. Dije más de una vez que es como arrojar la misma piedra a las mismas aguas: tal vez haya una diferencia en la onda que se produce, un mayor o menor acercamiento al punto exacto, pero la piedra, bajo distintas luces y apariencias, no es otra, y el agua es invariable.

Extracto de entrevista realizada por Común Presencia Nº3, link http://comunpresenciaentrevistas.blogspot.com.ar/2006/12/olga-orozco-entrevista.html

Imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/85/Vind_i_vand.jpg