Alberto Szpunberg, Sol de la noche (2008), Como sólo la muerte es pasajera, entropía, Buenos Aires, 2015. Poeta argentino (1940-2020) fue docente universitario, militante y periodista. A un año de su muerte la Biblioteca Nacional publicó en su homenaje Guardianes de Piatock. Miradas sobre Alberto Szpunberg.
Ilustración: Matías de Brasi, Agencia Paco Urondo. Enlace
……..En el rincón aquel, donde dormimos juntos tantas noches, ahora me he sentado a caminar. La cuja de los novios difuntos fue sacada, o talvez qué habrá pasado.
Has venido temprano a otros asuntos, y ya no estás. Es el rincón donde a tu lado, leí una noche, entre tus tiernos puntos, un cuento de Daudet. Es el rincón amado. No lo equivoques.
Me he puesto a recordar los días de verano idos, tu entrar y salir, poca y harta y pálida por los cuartos.
En esta noche pluviosa, ya lejos de ambos dos, salto de pronto… Son dos puertas abriéndose cerrándose, dos puertas que al viento van y vienen sombra a sombra.
César Vallejo, Trilce, Poesía completa.
César Vallejo nació en Santiago de Chuco (Perú) el 17 de marzo de 1892 y es uno de los autores fundamentales de la poesía que vino después del Modernismo. Consiguió darle un giro estético a la lírica latinoamericana y nos regaló pensamientos hilvanados con absoluta inteligencia y buen gusto.
Su cercanía con los obreros y la situación de explotación a la que eran expuestos, lo llevó a pensar desde temprano en la posibilidad de un cambio social. Sobre este tema giran muchísimas de sus imágenes poéticas y también su trabajo en el mundo.
A los 31 años viajó a Europa, con el objetivo de conocer en persona el Movimiento Socialista y aliarse con quienes estaban gestando el cambio. Años más tarde, se sentiría defraudado por este movimiento al que le había dedicado toda su ilusión al notar la falta de justicia social que imperaba entre los dirigentes.
El lienzo de muro está enfrente, para conjurar el círculo de tu sueño. Pero la imagen lanza un grito. La cabeza contra una oreja del sillón grasiento, exploras tus dientes con tu lengua: el sabor de las grasas y las salsas infecta tus encías. Y sueñas con las nubes puras sobre tu isla, cuando el alba verde crece lúcida en el seno de las aguas misteriosas. Es el sudor de las savias en exilio, la suarda amarga de las plantas silicuosas, la insinuación acre de los manglares carnosos y la ácida delicia de una negra sustancia en las vainas. Es la miel silvestre de las hormigas en las galerías del árbol muerto. Es un sabor de fruto verde que acidula el alba que bebes: el aire lechoso enriquecido con la sal de los alisios… ¡Alegría!, ¡oh alegría desatada en las alturas del cielo! Las telas puras resplandecen, los invisibles atrios están sembrados de hierbas y las verdes delicias del suelo se pintan al siglo de un largo día.
Textos tomados de Antología Poética de Saint-John Perse, Colección «Los poetas», Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1960.
Of Course—I prayed— And did God Care? He cared as much as on the Air A Bird—had stamped her foot— And cried «Give Me»— My Reason—Life— I had not had—but for Yourself— ‘Twere better Charity To leave me in the Atom’s Tomb— Merry, and Nought, and gay, and numb— Than this smart Misery.
Sanderling (Crocethia alba) illustrated by the von Wright brothers. Digitally enhanced from our own 1929 folio version of Svenska Fåglar Efter Naturen Och Pa Sten Ritade.
Voy hacia aquello que amo sin ningún pensamiento de deber o piedad;
Voy hacia donde pertenezco, inexorable, como la lluvia que no ha cesado de caer
hacia los surcos; he dado o podría haber dado
vida al grano; pero si éste no crece o madura
con la lluvia de la hermosura, la lluvia retornará a la nube,
quien cosecha afila su acero sobre piedra; pero éste no es nuestro campo,
no lo hemos sembrado; impiadosos, impiadosos, dejemos
el sitio de la calavera para aquellos que lo compusieron. …
Satisfechos, insatisfechos, saciados o entumecidos de hambre,
he aquí la urgencia eterna, la desesperación, el deseo de equilibrar
la variante eterna; tú percibes este llamado insistente,
esta demanda de un cierto instante, la vocación de gozar, de vivir,
no el mero afán de perdurar, la vocación de vuelo, de consecución,
la vocación de reposo tras un largo vuelo; pero ¿quién conoce la desesperada urgencia
de esos otros –verdaderos tal vez ahora míticos pájaros—que buscan, infructuosos, reposo
hasta que se desploman desde el punto más alto de la espiral o caen del centro mismo de un círculo cada vez más estrecho?
pues ellos recuerdan, recuerdan, al mecerse y revolotear lo que existió una vez –recuerdan, recuerdan—
ellos no se desviarán –han conocido la bienaventuranza el fruto que satisface –han retornado—
¿y si las islas se perdiesen? ¿si las aguas cubrieran las Hespérides? Mejor es que recuerden—
recuerden las manzanas doradas del árbol; Oh, no los compadezcas, mientras los ves caer uno por uno,
pues caen exhaustos, adormecidos, ciegos, pero en un cierto éxtasis,
pues de ellos es el hambre del Paraíso.
*Poemas incluidos en el libro Poemas de Helena en Egipto, Ediciones Angria-Caracas, Venezuela, 1992. Traducción: María Negroni y Sophie Black. ** Hilda Doolittle (1886-1961). Nació en Pennsylvania (Estados Unidos). Autora de diversos libros de poemas (Sea Garden (1916), Hymen (1921), Heliodora (1924), Red roses for Bronze (1931), Trilogía (1944-46), Helen in Egipto (1961), entre otros. También escribió prosa.
No hemos nacido para el canto sino para el acopio
de las palabras en el rechinar de los dientes.
La mùsica fue toda bondad. No hemos nacido
sino para la sedicente murmuraciòn, silenciosos
del ruido en que envolvemos nuestras voces
al caer de la tarde como a un pozo sin fondo
—toda ciedad bondad— en el patio
constelado de viejos engermos apacibles.
Nuestra es la fiebre que declina y no amaina, impenetrable
al sol de la locura, el calentarse de los huesos
en la ceguera del patio lluvioso.
Se encerró a los dementes sobre nuestras cabezas que recalienta y pudre
la imagen latente del sol y por sí solas se nos abrieron las verjas
transfundidos el hierro y la herrumbre, llegado que fue el tiempo
en que ni aun la tierra permanece. Sólo el vaho
y la siembra del musgo en los jardines eriáceos.
No hemos nacido para el amor, hermos nacido para el coito que ambadurna la sangre
de la maceraciòn de su semilla, para el débil soplar sobre el recoldo
como si el aliento fuera ceniza y la carne el erial en que se recalienta,
al calor de las piedras, un guiso sangriento.
La última cena de la tribu cuando todo es arena
—la noche misma— en la extensión de la noche
y el viento seca un paraíso disperso:
el alforfón y la escanda silvestre.
Imposible distinguir entre el sudor y las lágrimas
que se disputan dos bocas resecas.
Y viejos vecinos de pieza de la muerte seguiremos plegándonos
a los caprichos de la dueña de casa, persistentes y dóciles
al igual que la impronta de la humedad en los muros,
como la pasiva infiltración de las larvas
en los zócalos pringados de lavazas.
La confianza sabrá dispensarnos
a los amigos de la casa de los dolores de pánico.
BOSQUE
El poema no escrito que se ríe del verbo
paraliza mi mano sobre el papel en blanco.
La cabeza es un bosque, otra vez, y la mano, un insecto
con el que juega la monstruosidad
y de la lengua escapan las palabras que la acosan
como de un pobre diablo sus sueños de grandeza.
Semejante oscuridad bien podría anunciar el nacimiento
de un poema feliz que ojalá fuera este.
Ojalá, ojalá. Quiero volver al bosque,
mis palabras me llenan: voces que debo interpretar:
un canto como de hojas, anterior al lenguaje,
la esperanza, a través de los árboles, de encontrarse en la perla del bosque
con una "luz no usada" que lo ilumine todo en el espacio
de un instante de siempre,
y olvidando el lenguaje que repta, abrir el corazón al canto que lo colma.
El corazón: la boca del poema imposible
tan parecido a la felicidad.
ESTA BELLEZA CON QUE EL CIELO Y EL MAR HACEN HORRORES
Esta belleza con que el cielo y el mar hacen horrores
a la caída del sol envuelto en su espectáculo,
en realidad irreprochable.
Esto que es como el fin de todos los siglos: la belleza
—y yo me aflojo en su honor el nudo de la corbata—
viene a poner en el corazón música de ésa, sublime.
No, un silencio rayano en el gran poema
un disco rayado
que por iguales partes es dolor y somnífero.
Enrique Lihn, Sólo sé que seremos destruidos. Antología poética, Ediciones Gog & Magog, Buenos Aires, 2019.
En estos días me encontré con un bellisimo libro de Adrienne Rich donde la mirada nos envuelve entre los restos, fragmentos dispersos se van descomponiendo en distintas voces e historias. Les comparto dos poemas del apartado III que abre con una cita de la canción «Bird on the Wire» de Leonard Cohen: «Vi a un mendigo apoyado en su muleta/me dijo: ¿Por qué pides tanto?/ Vi a una mujer apoyada en una puerta,/ dijo: ¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué no pedir más?».
MERCED
Fantasía de la tercera edad:
nos han concentrado
en un campo de reposo para los caducos.
En mitad de un páramo cualquiera
un acantonamiento con alambre de espino
y edificios prefabricados de bajo costo y el color del polvo
Adrienne Rich, Sumergirse en el naufragio, traducido por Patricia Gonzalo de Jesús, Editorial Sexto Piso, España, 2021.
Adrienne Rich (1929-2012) fue poeta, enyasista y una de las escritoras más influyentes del movimiento feminista. Rich recibió numerosas distinciones a lo lardo de su carrera, entre ellas el National Book Award de Poesía, la beca «Genius» de la Fundación MacArthur, la Medalla de la Fundación Nacional del libro por su contribución a las letras estadounidenses. En 1974 ganó el National Book Award de poesía por su libro Diving into the Wreck: Poems 1971–1972.