El muro -Saint John Perse

El lienzo de muro está enfrente, para conjurar el círculo de tu sueño.
Pero la imagen lanza un grito.
La cabeza contra una oreja del sillón grasiento, exploras tus dientes con tu lengua: el sabor de las grasas y las salsas infecta tus encías.
Y sueñas con las nubes puras sobre tu isla, cuando el alba verde crece lúcida en el seno de las aguas misteriosas.
Es el sudor de las savias en exilio, la suarda amarga de las plantas silicuosas, la insinuación acre de los manglares carnosos y la ácida delicia de una negra sustancia en las vainas.
Es la miel silvestre de las hormigas en las galerías del árbol muerto.
Es un sabor de fruto verde que acidula el alba que bebes: el aire lechoso enriquecido con la sal de los alisios…
¡Alegría!, ¡oh alegría desatada en las alturas del cielo! Las telas puras resplandecen, los invisibles atrios están sembrados de hierbas y las verdes delicias del suelo se pintan al siglo de un largo día.

Textos tomados de Antología Poética de Saint-John Perse, Colección «Los poetas», Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1960.

https://materialdelectura.unam.mx/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/45-013-saint-john-perse?showall=1

Living in the cave _ A. Rich

Reading the Parable of the Cave

while living in the cave,

black moss,

deadening my footsteps

candles stuck on rock-ledges

weakening my eyes

These things around me, with their 

daily requirements;

fill me, empty me,

talk to me, warm me, let me

suck on you.

Every one of them has a plan that depends on me

stalagmites

veins of ore

Imagine their preciousness

candles see themselves disembodied

into gas

and taking flight

the bat hangs dreaming

of  an airy world

None of them, not one

sees me

as I see them. 

VIVIR EN LA CUEVA

Leo la parábola de la cueva 

mientras vivo en la cueva,

musgo negro

que acalla mis pasos,

las velas sobre las repisas de roca

debilitan mis ojos

Estos seres que me rodean, con sus

exigencias cotidianas:

llename, vaciame,

háblame, entibiame, dejá

que te succione.

Cada uno tiene un plan que depende de mí

las estalactitas quieren volverse

estalagmitas

venas de mineral

imagina su preciosura

las velas observan cómo su cuerpo

se disuelve en el aire

y cobra vuelo

el murciélago que cuelga

sueña con un mundo etéreo

Ninguno,  ni uno solo de ellos

me ve

como yo los veo.

Adrienne Rich en Muriel Rukeyser, Anne Sexton, Adrienne Rich, trad. D. Camozzi, Wolkowicz editores, 2020.

376 E.D.

Of Course—I prayed—
And did God Care?
He cared as much as on the Air
A Bird—had stamped her foot—
And cried «Give Me»—
My Reason—Life—
I had not had—but for Yourself—
‘Twere better Charity
To leave me in the Atom’s Tomb—
Merry, and Nought, and gay, and numb—
Than this smart Misery.

 

Sanderling (Crocethia alba) illustrated by the von Wright brothers. Digitally enhanced from our own 1929 folio version of Svenska Fåglar Efter Naturen Och Pa Sten Ritade.

Por supuesto—recé—

¿Le importó a Dios?

Tanto como si en el aire

Un pájaro—hubiera golpeado con su pata—

Y gritado “Dame” —

Razón—vida—

Que no había tenido—sin Vos—

Sería más caritativo

Dejarme en la tumba del átomo—

Graciosa y anonadada y alegre y enmudecida—

Que en esta miseria aguda.

Tad. Anahí Mallol en  Eterna Cadencia.

La vara en flor -H. Doolitle

La vara en flor
De Trilogía, 1944-1946

Voy donde amo y soy amada
hacia la nieve;

Voy hacia aquello que amo
sin ningún pensamiento de deber o piedad;

Voy hacia donde pertenezco, inexorable,
como la lluvia que no ha cesado de caer

hacia los surcos; he dado
o podría haber dado

vida al grano;
pero si éste no crece o madura

con la lluvia de la hermosura,
la lluvia retornará a la nube,

quien cosecha afila su acero sobre piedra;
pero éste no es nuestro campo,

no lo hemos sembrado;
impiadosos, impiadosos, dejemos

el sitio de la calavera
para aquellos que lo compusieron.


Satisfechos, insatisfechos,
saciados o entumecidos de hambre,

he aquí la urgencia eterna,
la desesperación, el deseo de equilibrar

la variante eterna;
tú percibes este llamado insistente,

esta demanda de un cierto instante,
la vocación de gozar, de vivir,

no el mero afán de perdurar,
la vocación de vuelo, de consecución,

la vocación de reposo tras un largo vuelo;
pero ¿quién conoce la desesperada urgencia

de esos otros –verdaderos tal vez ahora
míticos pájaros—que buscan, infructuosos, reposo

hasta que se desploman desde el punto más alto de
la espiral
o caen del centro mismo de un círculo cada vez más estrecho?

pues ellos recuerdan, recuerdan, al mecerse y revolotear
lo que existió una vez –recuerdan, recuerdan—

ellos no se desviarán –han conocido la bienaventuranza
el fruto que satisface –han retornado—

¿y si las islas se perdiesen? ¿si las aguas
cubrieran las Hespérides? Mejor es que recuerden—

recuerden las manzanas doradas del árbol;
Oh, no los compadezcas, mientras los ves caer uno por uno,

pues caen exhaustos, adormecidos, ciegos,
pero en un cierto éxtasis,

pues de ellos es el hambre
del Paraíso.

*Poemas incluidos en el libro Poemas de Helena en Egipto, Ediciones Angria-Caracas, Venezuela, 1992. Traducción: María Negroni y Sophie Black.
** Hilda Doolittle (1886-1961). Nació en Pennsylvania (Estados Unidos). Autora de diversos libros de poemas (Sea Garden (1916), Hymen (1921), Heliodora (1924), Red roses for Bronze (1931), Trilogía (1944-46), Helen in Egipto (1961), entre otros. También escribió prosa.

De: https://blogdelamasijo.blogspot.com/2007/08/poemas-de-hilda-doolittle-hd.html?m=1

dolor y somnífero, algunos poemas del poeta Enrique Lihn

LOS AMIGOS DE LA CASA

No hemos nacido para el canto sino para el acopio
de las palabras en el rechinar de los dientes.
La mùsica fue toda bondad. No hemos nacido
sino para la sedicente murmuraciòn, silenciosos
del ruido en que envolvemos nuestras voces
al caer de la tarde como a un pozo sin fondo
—toda ciedad bondad— en el patio
constelado de viejos engermos apacibles.

Nuestra es la fiebre que declina y no amaina, impenetrable
al sol de la locura, el calentarse de los huesos
en la ceguera del patio lluvioso.
Se encerró a los dementes sobre nuestras cabezas que recalienta y pudre
la imagen latente del sol y por sí solas se nos abrieron las verjas
               transfundidos el hierro y la herrumbre, llegado que fue el tiempo
en que ni aun la tierra permanece. Sólo el vaho
y la siembra del musgo en los jardines eriáceos. 

No hemos nacido para el amor, hermos nacido para el coito que ambadurna la sangre
de la maceraciòn de su semilla, para el débil soplar sobre el recoldo
como si el aliento fuera ceniza y la carne el erial en que se recalienta,
al calor de las piedras, un guiso sangriento.
La última cena de la tribu cuando todo es arena
—la noche misma— en la extensión de la noche
y el viento seca un paraíso disperso:
el alforfón y la escanda silvestre.
Imposible distinguir entre el sudor y las lágrimas
que se disputan dos bocas resecas.

Y viejos vecinos de pieza de la muerte seguiremos plegándonos
a los caprichos de la dueña de casa, persistentes y dóciles 
al igual que la impronta de la humedad en los muros,
                como la pasiva infiltración de las larvas
en los zócalos pringados de lavazas.
La confianza sabrá dispensarnos
a los amigos de la casa de los dolores de pánico. 



BOSQUE

El poema no escrito que se ríe del verbo
paraliza mi mano sobre el papel en blanco.
La cabeza es un bosque, otra vez, y la mano, un insecto
                 con el que juega la monstruosidad
y de la lengua escapan las palabras que la acosan
como de un pobre diablo sus sueños de grandeza.
Semejante oscuridad bien podría anunciar el nacimiento
                 de un poema feliz que ojalá fuera este.
Ojalá, ojalá. Quiero volver al bosque, 
mis palabras me llenan: voces que debo interpretar:
                un canto como de hojas, anterior al lenguaje,
la esperanza, a través de los árboles, de encontrarse en la perla del bosque
con una "luz no usada" que lo ilumine todo en el espacio
                 de un instante de siempre,
y olvidando el lenguaje que repta, abrir el corazón al canto que lo colma.
El corazón: la boca del poema imposible
tan parecido a la felicidad. 


ESTA BELLEZA CON QUE EL CIELO Y EL MAR HACEN HORRORES

Esta belleza con que el cielo y el mar hacen horrores
a la caída del sol envuelto en su espectáculo,
en realidad irreprochable.
Esto que es como el fin de todos los siglos: la belleza
—y yo me aflojo en su honor el nudo de la corbata—
viene a poner en el corazón música de ésa, sublime.
No, un silencio rayano en el gran poema
un disco rayado
que por iguales partes es dolor y somnífero. 


Enrique Lihn, Sólo sé que seremos destruidos. Antología poética, Ediciones Gog & Magog, Buenos Aires, 2019.

Un poco más de Gelman

Comparto el concierto de Mederos y Juan Gelman que se transmitió en la TV Pública en 2011.

Sumergirse en el naufragio

En estos días me encontré con un bellisimo libro de Adrienne Rich donde la mirada nos envuelve entre los restos, fragmentos dispersos se van descomponiendo en distintas voces e historias. Les comparto dos poemas del apartado III que abre con una cita de la canción «Bird on the Wire» de Leonard Cohen: «Vi a un mendigo apoyado en su muleta/me dijo: ¿Por qué pides tanto?/ Vi a una mujer apoyada en una puerta,/ dijo: ¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué no pedir más?».

MERCED

Fantasía de la tercera edad:

nos han concentrado

en un campo de reposo para los caducos.

En mitad de un páramo cualquiera

un acantonamiento con alambre de espino

y edificios prefabricados de bajo costo y el color del polvo

apesta a vergüenza

e incontiencia sin remedio,

ropa idéntica de papel

desechable, raciones idénticas

de comida con saborizantes químicos

Muerte por turnos, mediante gas,

hipodérmicas a diario

para neutralizar la desesperación

Así imagino mi mundo

en mi septuagésimo año de vida

y al otro lado de la alambrada

un canje sin ton ni son

de la conciencia por la ausencia

de dolor. Esto es a lo que llamaremos vida.

Fue apenas el verano pasado cuando

me quemé los pies en la arena

de aquel valle trazado por la corriente

del frío, raudo río Merced,

regado de saltos de blanco

Cuando nadaba, me dolía el cuerpo

de honesto frío,

cuando flotaba de espaldas los arrendajos

aleteaban de pino en pino

y la sombra se desplazaba hora tras hora

a través de El Capitán

Nuestro vino se enfriaba en el agua

y yo vigilaba a mis hijos, medio hombres,

medio niños, poniéndose a prueba

en un mundo casi arcaico,

tan valioso a estas alturas

que el mero hecho de meterse en agua pura

o contemplar el aire límpido

te hace sentir un espamo de dolor.

Hace ya semanas que una cierta rabia

ha poseído mi cuerpo, arremetiendo

a veces contra hombres y mujeres,

a veces hacia dentro, contra mi misma

Mientras recorro Amsterdam Avenue

me sorprendo hecha un mar de lágrimas

sin saber qué pensamiento

me ha inundado los ojos

Dirigirle la palabra a otro ser humano

se convierte en un riesgo

Pienso en Norman Morrison,

los budistas de Saigón,

el maestro negro que la semana pasada

se inmoló

para despertar la culpa en corazones

desmasiado entumecidos para captar el mensaje

en un mundo que la masculinidad ha hecho

inadecuado para mujeres u hombres

Al despegar en un avión

oteo la ciudad

que para mi significaba la vida, no la muerte,

y pienso que allí, en algún lugar,

un frío núcleo, compuesto

por fragmentos de seres humanos

metabolizados, reestructurados

por un proceso del que no se percatan,

está expandiéndose entre nosotros

y apoderándose de nuestras mentes

una cosa que no siente culpa

ni rabia: que es incapaz

de odiar, y por tanto de amar.

1972

Fuente: Picryl

CONSUMIRSE

(A E.K.)

Podemos mirar esta noche la estufa

como un espejo, sí,

el leño serrado, el núcleo

gaseoso amarillo y azul

la ceniza gris en la palpita el carmesí, sí.

sé que bajo mis párpados

y bajo mi piel

el Tiempo nos arrastra como una corriente de aire

que se eleva, avivando el fuego

en el vientre, en el cerebro

Tú me estabas contando cómo habías puesto la mano

sobre la huella de un indio muerto hace tiempo

y, por un momento, distinguí aquella mano

aquella huella, aquella roca,

aquel sol que producí sueños intensos

Una palabra puede hacer eso

o, como esta noche, el espejo del fuego

de mi mente, ardiendo como si pudiera seguir

consumiéndose, calcinando

alimentándose de todo

hasta que no quede nada en la vida

que no haya alimentado ese fuego

1972

Adrienne Rich, Sumergirse en el naufragio, traducido por Patricia Gonzalo de Jesús, Editorial Sexto Piso, España, 2021.

Adrienne Rich (1929-2012) fue poeta, enyasista y una de las escritoras más influyentes del movimiento feminista. Rich recibió numerosas distinciones a lo lardo de su carrera, entre ellas el National Book Award de Poesía, la beca «Genius» de la Fundación MacArthur, la Medalla de la Fundación Nacional del libro por su contribución a las letras estadounidenses. En 1974 ganó el National Book Award de poesía por su libro Diving into the Wreck: Poems 1971–1972.

Tulipanes

Los tulipanes son muy sensibles, es invierno aquí.
Mira qué blanco está todo, qué quieto, qué nevado.
Aprendo a estar en calma, yaciendo sola e inmóvil
Como la luz sobre las paredes blancas, esta cama, estas manos.
No soy nadie, no tengo nada que ver con estallidos.
Les di mi nombre y mi ropa a las enfermeras,
Mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.


Han puesto mi cabeza entre la almohada y el rebozo de la sábana
Como un ojo entre dos párpados que nunca van a cerrarse.
Alumna estúpida, no puede sino tragárselo todo.
Las enfermeras van y vienen, no me molestan,
Van y vienen como las gaviotas, con sus cofias blancas,
Haciendo cosas con las manos, todas iguales,
De manera que es imposible saber cuántas hay.

Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo atienden como el agua
Atiende a los guijarros por sobre los que pasa, puliéndolos suavemente.
Ellas me traen sopor en sus agujas brillantes, me traen el sueño.
Ahora que yo misma me he perdido, estoy harta de equipajes.
Mi maletín de cuero para la noche como una negra caja de remedios,
Mi esposo y mi hija sonriéndome desde una fotografía;
Sus sonrisas se meten bajo mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.

Dejé que las cosas se deslizaran, soy una balsa de treinta años
Obstinadamente aferrada a mi nombre y dirección.
Han borrado mis asociaciones amorosas.
Asustada y desnuda en la camilla tapizada con plástico verde
Veía mi juego de té, mis armarios de ropa blanca, mis libros,
Hundirse y desaparecer, y el agua cubrió mi cabeza.
Ahora soy una monja, nunca fui tan pura.

No quería flores, quería solamente
Yacer con mis manos hacia arriba y sentirme totalmente vacía.
Qué libre es una, no tienes idea hasta qué punto—

La paz es tan grande que te deslumbra,
No pide nada, una placa con tu nombre, algunas chucherías.
Es a lo que se aferran finalmente los muertos, me los imagino
Cerrando sus bocas sobre eso, como si fuera una hostia.

Para empezar, los tulipanes son muy rojos, me lastiman,
Inclusive en su papel de seda podía oírlos respirar
Ligeramente, a través de sus envoltorios blancos, como a un horrible bebé.
Sus pétalos encarnados le hablan a mi herida, y ella les corresponde.
Son sutiles; parecen flotar, pero me hunden,
Perturbándome con sus súbitas lenguas y su color,
Una docena de pesadas plomadas alrededor de mi cuello.

Nadie me observaba antes, ahora me siento observada,
Los tulipanes me miran, y también la ventana
Donde una vez al día un rayo de luz lentamente crece y decrece,
Y me veo a mí misma, chata, ridícula, una sombra recortada en un papel,
Entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes.
Y no tengo apariencia, he querido desaparecer.
Los vívidos tulipanes me devoran el oxígeno.

Antes que ellos llegaran el aire era lo suficientemente calmo,
Entrando y saliendo con mi aliento, sin agitación.
Luego los tulipanes lo volvieron vibrante como un fuerte ruido.
Ahora el aire choca y se arremolina alrededor de ellos, como un río
Choca y se arremolina alrededor de un barco hundido, oxidado y rojo.
Atraen mi atención, que era feliz
Jugando y descansando sin comprometerse con nada.

También las paredes parecen estar entibiándose.
Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos;
Están abriéndose como la boca de una terrible pantera,
Y soy consciente de mi corazón: él abre y cierra
El cáliz de su roja flor sólo por amor a mí.
El agua que pruebo es tibia y salada como el mar,
Y viene de comarcas tan lejanas como la salud.

 Sylvia Plath, Obra reunida, traducido por M.J.Ruschi Crespo, Centro Editor de América Latina, 1988.



Tulips


BY SYLVIA PLATH


Look how white everything is, how quiet, how snowed-in.   

I am learning peacefulness, lying by myself quietly

The tulips are too excitable, it is winter here.

As the light lies on these white walls, this bed, these hands.   

I am nobody; I have nothing to do with explosions.   

I have given my name and my day-clothes up to the nurses   

And my history to the anesthetist and my body to surgeons.


They have propped my head between the pillow and the sheet-cuff   

Like an eye between two white lids that will not shut.

Stupid pupil, it has to take everything in.

The nurses pass and pass, they are no trouble,

They pass the way gulls pass inland in their white caps,

Doing things with their hands, one just the same as another,   

So it is impossible to tell how many there are.


My body is a pebble to them, they tend it as water

Tends to the pebbles it must run over, smoothing them gently.

They bring me numbness in their bright needles, they bring me sleep.   

Now I have lost myself I am sick of baggage——

My patent leather overnight case like a black pillbox,   

My husband and child smiling out of the family photo;   

Their smiles catch onto my skin, little smiling hooks.


I have let things slip, a thirty-year-old cargo boat   

stubbornly hanging on to my name and address.

They have swabbed me clear of my loving associations.   

Scared and bare on the green plastic-pillowed trolley   

I watched my teaset, my bureaus of linen, my books   

Sink out of sight, and the water went over my head.   

I am a nun now, I have never been so pure.


I didn’t want any flowers, I only wanted

To lie with my hands turned up and be utterly empty.

How free it is, you have no idea how free——

The peacefulness is so big it dazes you,

And it asks nothing, a name tag, a few trinkets.

It is what the dead close on, finally; I imagine them   

Shutting their mouths on it, like a Communion tablet.   


The tulips are too red in the first place, they hurt me.

Even through the gift paper I could hear them breathe   

Lightly, through their white swaddlings, like an awful baby.   

Their redness talks to my wound, it corresponds.

They are subtle : they seem to float, though they weigh me down,   

Upsetting me with their sudden tongues and their color,   

A dozen red lead sinkers round my neck.


Nobody watched me before, now I am watched.   

The tulips turn to me, and the window behind me

Where once a day the light slowly widens and slowly thins,   

And I see myself, flat, ridiculous, a cut-paper shadow   

Between the eye of the sun and the eyes of the tulips,   

And I have no face, I have wanted to efface myself.   

The vivid tulips eat my oxygen.


Before they came the air was calm enough,

Coming and going, breath by breath, without any fuss.   

Then the tulips filled it up like a loud noise.

Now the air snags and eddies round them the way a river   

Snags and eddies round a sunken rust-red engine.   

They concentrate my attention, that was happy   

Playing and resting without committing itself.


The walls, also, seem to be warming themselves.

The tulips should be behind bars like dangerous animals;   

They are opening like the mouth of some great African cat,   

And I am aware of my heart: it opens and closes

Its bowl of red blooms out of sheer love of me.

The water I taste is warm and salt, like the sea,


And comes from a country far away as health.

Sylvia Plath, “Tulips” from Collected Poems. Copyright © 1960, 1965, 1971, 1981 by the Estate of Sylvia Plath. Editorial matter copyright © 1981 by Ted Hughes. Used by permission of HarperCollins Publishers.

Source: Collected Poems (HarperCollins Publishers Inc, 1992)

https://www.poetryfoundation.org/poems/49013/tulips-56d22ab68fdd0