El lienzo de muro está enfrente, para conjurar el círculo de tu sueño. Pero la imagen lanza un grito. La cabeza contra una oreja del sillón grasiento, exploras tus dientes con tu lengua: el sabor de las grasas y las salsas infecta tus encías. Y sueñas con las nubes puras sobre tu isla, cuando el alba verde crece lúcida en el seno de las aguas misteriosas. Es el sudor de las savias en exilio, la suarda amarga de las plantas silicuosas, la insinuación acre de los manglares carnosos y la ácida delicia de una negra sustancia en las vainas. Es la miel silvestre de las hormigas en las galerías del árbol muerto. Es un sabor de fruto verde que acidula el alba que bebes: el aire lechoso enriquecido con la sal de los alisios… ¡Alegría!, ¡oh alegría desatada en las alturas del cielo! Las telas puras resplandecen, los invisibles atrios están sembrados de hierbas y las verdes delicias del suelo se pintan al siglo de un largo día.
Textos tomados de Antología Poética de Saint-John Perse, Colección «Los poetas», Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1960.
Of Course—I prayed— And did God Care? He cared as much as on the Air A Bird—had stamped her foot— And cried «Give Me»— My Reason—Life— I had not had—but for Yourself— ‘Twere better Charity To leave me in the Atom’s Tomb— Merry, and Nought, and gay, and numb— Than this smart Misery.
Sanderling (Crocethia alba) illustrated by the von Wright brothers. Digitally enhanced from our own 1929 folio version of Svenska Fåglar Efter Naturen Och Pa Sten Ritade.
Voy hacia aquello que amo sin ningún pensamiento de deber o piedad;
Voy hacia donde pertenezco, inexorable, como la lluvia que no ha cesado de caer
hacia los surcos; he dado o podría haber dado
vida al grano; pero si éste no crece o madura
con la lluvia de la hermosura, la lluvia retornará a la nube,
quien cosecha afila su acero sobre piedra; pero éste no es nuestro campo,
no lo hemos sembrado; impiadosos, impiadosos, dejemos
el sitio de la calavera para aquellos que lo compusieron. …
Satisfechos, insatisfechos, saciados o entumecidos de hambre,
he aquí la urgencia eterna, la desesperación, el deseo de equilibrar
la variante eterna; tú percibes este llamado insistente,
esta demanda de un cierto instante, la vocación de gozar, de vivir,
no el mero afán de perdurar, la vocación de vuelo, de consecución,
la vocación de reposo tras un largo vuelo; pero ¿quién conoce la desesperada urgencia
de esos otros –verdaderos tal vez ahora míticos pájaros—que buscan, infructuosos, reposo
hasta que se desploman desde el punto más alto de la espiral o caen del centro mismo de un círculo cada vez más estrecho?
pues ellos recuerdan, recuerdan, al mecerse y revolotear lo que existió una vez –recuerdan, recuerdan—
ellos no se desviarán –han conocido la bienaventuranza el fruto que satisface –han retornado—
¿y si las islas se perdiesen? ¿si las aguas cubrieran las Hespérides? Mejor es que recuerden—
recuerden las manzanas doradas del árbol; Oh, no los compadezcas, mientras los ves caer uno por uno,
pues caen exhaustos, adormecidos, ciegos, pero en un cierto éxtasis,
pues de ellos es el hambre del Paraíso.
*Poemas incluidos en el libro Poemas de Helena en Egipto, Ediciones Angria-Caracas, Venezuela, 1992. Traducción: María Negroni y Sophie Black. ** Hilda Doolittle (1886-1961). Nació en Pennsylvania (Estados Unidos). Autora de diversos libros de poemas (Sea Garden (1916), Hymen (1921), Heliodora (1924), Red roses for Bronze (1931), Trilogía (1944-46), Helen in Egipto (1961), entre otros. También escribió prosa.
No hemos nacido para el canto sino para el acopio
de las palabras en el rechinar de los dientes.
La mùsica fue toda bondad. No hemos nacido
sino para la sedicente murmuraciòn, silenciosos
del ruido en que envolvemos nuestras voces
al caer de la tarde como a un pozo sin fondo
—toda ciedad bondad— en el patio
constelado de viejos engermos apacibles.
Nuestra es la fiebre que declina y no amaina, impenetrable
al sol de la locura, el calentarse de los huesos
en la ceguera del patio lluvioso.
Se encerró a los dementes sobre nuestras cabezas que recalienta y pudre
la imagen latente del sol y por sí solas se nos abrieron las verjas
transfundidos el hierro y la herrumbre, llegado que fue el tiempo
en que ni aun la tierra permanece. Sólo el vaho
y la siembra del musgo en los jardines eriáceos.
No hemos nacido para el amor, hermos nacido para el coito que ambadurna la sangre
de la maceraciòn de su semilla, para el débil soplar sobre el recoldo
como si el aliento fuera ceniza y la carne el erial en que se recalienta,
al calor de las piedras, un guiso sangriento.
La última cena de la tribu cuando todo es arena
—la noche misma— en la extensión de la noche
y el viento seca un paraíso disperso:
el alforfón y la escanda silvestre.
Imposible distinguir entre el sudor y las lágrimas
que se disputan dos bocas resecas.
Y viejos vecinos de pieza de la muerte seguiremos plegándonos
a los caprichos de la dueña de casa, persistentes y dóciles
al igual que la impronta de la humedad en los muros,
como la pasiva infiltración de las larvas
en los zócalos pringados de lavazas.
La confianza sabrá dispensarnos
a los amigos de la casa de los dolores de pánico.
BOSQUE
El poema no escrito que se ríe del verbo
paraliza mi mano sobre el papel en blanco.
La cabeza es un bosque, otra vez, y la mano, un insecto
con el que juega la monstruosidad
y de la lengua escapan las palabras que la acosan
como de un pobre diablo sus sueños de grandeza.
Semejante oscuridad bien podría anunciar el nacimiento
de un poema feliz que ojalá fuera este.
Ojalá, ojalá. Quiero volver al bosque,
mis palabras me llenan: voces que debo interpretar:
un canto como de hojas, anterior al lenguaje,
la esperanza, a través de los árboles, de encontrarse en la perla del bosque
con una "luz no usada" que lo ilumine todo en el espacio
de un instante de siempre,
y olvidando el lenguaje que repta, abrir el corazón al canto que lo colma.
El corazón: la boca del poema imposible
tan parecido a la felicidad.
ESTA BELLEZA CON QUE EL CIELO Y EL MAR HACEN HORRORES
Esta belleza con que el cielo y el mar hacen horrores
a la caída del sol envuelto en su espectáculo,
en realidad irreprochable.
Esto que es como el fin de todos los siglos: la belleza
—y yo me aflojo en su honor el nudo de la corbata—
viene a poner en el corazón música de ésa, sublime.
No, un silencio rayano en el gran poema
un disco rayado
que por iguales partes es dolor y somnífero.
Enrique Lihn, Sólo sé que seremos destruidos. Antología poética, Ediciones Gog & Magog, Buenos Aires, 2019.
En estos días me encontré con un bellisimo libro de Adrienne Rich donde la mirada nos envuelve entre los restos, fragmentos dispersos se van descomponiendo en distintas voces e historias. Les comparto dos poemas del apartado III que abre con una cita de la canción «Bird on the Wire» de Leonard Cohen: «Vi a un mendigo apoyado en su muleta/me dijo: ¿Por qué pides tanto?/ Vi a una mujer apoyada en una puerta,/ dijo: ¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué no pedir más?».
MERCED
Fantasía de la tercera edad:
nos han concentrado
en un campo de reposo para los caducos.
En mitad de un páramo cualquiera
un acantonamiento con alambre de espino
y edificios prefabricados de bajo costo y el color del polvo
Adrienne Rich, Sumergirse en el naufragio, traducido por Patricia Gonzalo de Jesús, Editorial Sexto Piso, España, 2021.
Adrienne Rich (1929-2012) fue poeta, enyasista y una de las escritoras más influyentes del movimiento feminista. Rich recibió numerosas distinciones a lo lardo de su carrera, entre ellas el National Book Award de Poesía, la beca «Genius» de la Fundación MacArthur, la Medalla de la Fundación Nacional del libro por su contribución a las letras estadounidenses. En 1974 ganó el National Book Award de poesía por su libro Diving into the Wreck: Poems 1971–1972.
Los tulipanes son muy sensibles, es invierno aquí. Mira qué blanco está todo, qué quieto, qué nevado. Aprendo a estar en calma, yaciendo sola e inmóvil Como la luz sobre las paredes blancas, esta cama, estas manos. No soy nadie, no tengo nada que ver con estallidos. Les di mi nombre y mi ropa a las enfermeras, Mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.
Han puesto mi cabeza entre la almohada y el rebozo de la sábana Como un ojo entre dos párpados que nunca van a cerrarse. Alumna estúpida, no puede sino tragárselo todo. Las enfermeras van y vienen, no me molestan, Van y vienen como las gaviotas, con sus cofias blancas, Haciendo cosas con las manos, todas iguales, De manera que es imposible saber cuántas hay.
Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo atienden como el agua Atiende a los guijarros por sobre los que pasa, puliéndolos suavemente. Ellas me traen sopor en sus agujas brillantes, me traen el sueño. Ahora que yo misma me he perdido, estoy harta de equipajes. Mi maletín de cuero para la noche como una negra caja de remedios, Mi esposo y mi hija sonriéndome desde una fotografía; Sus sonrisas se meten bajo mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.
Dejé que las cosas se deslizaran, soy una balsa de treinta años Obstinadamente aferrada a mi nombre y dirección. Han borrado mis asociaciones amorosas. Asustada y desnuda en la camilla tapizada con plástico verde Veía mi juego de té, mis armarios de ropa blanca, mis libros, Hundirse y desaparecer, y el agua cubrió mi cabeza. Ahora soy una monja, nunca fui tan pura.
No quería flores, quería solamente Yacer con mis manos hacia arriba y sentirme totalmente vacía. Qué libre es una, no tienes idea hasta qué punto—
La paz es tan grande que te deslumbra, No pide nada, una placa con tu nombre, algunas chucherías. Es a lo que se aferran finalmente los muertos, me los imagino Cerrando sus bocas sobre eso, como si fuera una hostia.
Para empezar, los tulipanes son muy rojos, me lastiman, Inclusive en su papel de seda podía oírlos respirar Ligeramente, a través de sus envoltorios blancos, como a un horrible bebé. Sus pétalos encarnados le hablan a mi herida, y ella les corresponde. Son sutiles; parecen flotar, pero me hunden, Perturbándome con sus súbitas lenguas y su color, Una docena de pesadas plomadas alrededor de mi cuello.
Nadie me observaba antes, ahora me siento observada, Los tulipanes me miran, y también la ventana Donde una vez al día un rayo de luz lentamente crece y decrece, Y me veo a mí misma, chata, ridícula, una sombra recortada en un papel, Entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes. Y no tengo apariencia, he querido desaparecer. Los vívidos tulipanes me devoran el oxígeno.
Antes que ellos llegaran el aire era lo suficientemente calmo, Entrando y saliendo con mi aliento, sin agitación. Luego los tulipanes lo volvieron vibrante como un fuerte ruido. Ahora el aire choca y se arremolina alrededor de ellos, como un río Choca y se arremolina alrededor de un barco hundido, oxidado y rojo. Atraen mi atención, que era feliz Jugando y descansando sin comprometerse con nada.
También las paredes parecen estar entibiándose. Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos; Están abriéndose como la boca de una terrible pantera, Y soy consciente de mi corazón: él abre y cierra El cáliz de su roja flor sólo por amor a mí. El agua que pruebo es tibia y salada como el mar, Y viene de comarcas tan lejanas como la salud.
Sylvia Plath, Obra reunida, traducido por M.J.Ruschi Crespo, Centro Editor de América Latina, 1988.