Espacio para mirar, soñar y pensar un poco sobre poesía y otras latitudes derramadas en la superficie.
Autor: Alejandra Aguirre
Nací en Buenos Aires en 1970. Participé de la Clínica de Escritura Poética coordinada por Liliana Lukin y publiqué en la Antología 2008/2009 y Antología 2010/2011 (Ediciones La BIblioteca). Ventana lateral recibió la segunda mención del premio Fondo Nacional de las Artes (2009).
En 2013 publiqué al ras en Ediciones La Biblioteca.
Voy hacia aquello que amo sin ningún pensamiento de deber o piedad;
Voy hacia donde pertenezco, inexorable, como la lluvia que no ha cesado de caer
hacia los surcos; he dado o podría haber dado
vida al grano; pero si éste no crece o madura
con la lluvia de la hermosura, la lluvia retornará a la nube,
quien cosecha afila su acero sobre piedra; pero éste no es nuestro campo,
no lo hemos sembrado; impiadosos, impiadosos, dejemos
el sitio de la calavera para aquellos que lo compusieron. …
Satisfechos, insatisfechos, saciados o entumecidos de hambre,
he aquí la urgencia eterna, la desesperación, el deseo de equilibrar
la variante eterna; tú percibes este llamado insistente,
esta demanda de un cierto instante, la vocación de gozar, de vivir,
no el mero afán de perdurar, la vocación de vuelo, de consecución,
la vocación de reposo tras un largo vuelo; pero ¿quién conoce la desesperada urgencia
de esos otros –verdaderos tal vez ahora míticos pájaros—que buscan, infructuosos, reposo
hasta que se desploman desde el punto más alto de la espiral o caen del centro mismo de un círculo cada vez más estrecho?
pues ellos recuerdan, recuerdan, al mecerse y revolotear lo que existió una vez –recuerdan, recuerdan—
ellos no se desviarán –han conocido la bienaventuranza el fruto que satisface –han retornado—
¿y si las islas se perdiesen? ¿si las aguas cubrieran las Hespérides? Mejor es que recuerden—
recuerden las manzanas doradas del árbol; Oh, no los compadezcas, mientras los ves caer uno por uno,
pues caen exhaustos, adormecidos, ciegos, pero en un cierto éxtasis,
pues de ellos es el hambre del Paraíso.
*Poemas incluidos en el libro Poemas de Helena en Egipto, Ediciones Angria-Caracas, Venezuela, 1992. Traducción: María Negroni y Sophie Black. ** Hilda Doolittle (1886-1961). Nació en Pennsylvania (Estados Unidos). Autora de diversos libros de poemas (Sea Garden (1916), Hymen (1921), Heliodora (1924), Red roses for Bronze (1931), Trilogía (1944-46), Helen in Egipto (1961), entre otros. También escribió prosa.
No hemos nacido para el canto sino para el acopio
de las palabras en el rechinar de los dientes.
La mùsica fue toda bondad. No hemos nacido
sino para la sedicente murmuraciòn, silenciosos
del ruido en que envolvemos nuestras voces
al caer de la tarde como a un pozo sin fondo
—toda ciedad bondad— en el patio
constelado de viejos engermos apacibles.
Nuestra es la fiebre que declina y no amaina, impenetrable
al sol de la locura, el calentarse de los huesos
en la ceguera del patio lluvioso.
Se encerró a los dementes sobre nuestras cabezas que recalienta y pudre
la imagen latente del sol y por sí solas se nos abrieron las verjas
transfundidos el hierro y la herrumbre, llegado que fue el tiempo
en que ni aun la tierra permanece. Sólo el vaho
y la siembra del musgo en los jardines eriáceos.
No hemos nacido para el amor, hermos nacido para el coito que ambadurna la sangre
de la maceraciòn de su semilla, para el débil soplar sobre el recoldo
como si el aliento fuera ceniza y la carne el erial en que se recalienta,
al calor de las piedras, un guiso sangriento.
La última cena de la tribu cuando todo es arena
—la noche misma— en la extensión de la noche
y el viento seca un paraíso disperso:
el alforfón y la escanda silvestre.
Imposible distinguir entre el sudor y las lágrimas
que se disputan dos bocas resecas.
Y viejos vecinos de pieza de la muerte seguiremos plegándonos
a los caprichos de la dueña de casa, persistentes y dóciles
al igual que la impronta de la humedad en los muros,
como la pasiva infiltración de las larvas
en los zócalos pringados de lavazas.
La confianza sabrá dispensarnos
a los amigos de la casa de los dolores de pánico.
BOSQUE
El poema no escrito que se ríe del verbo
paraliza mi mano sobre el papel en blanco.
La cabeza es un bosque, otra vez, y la mano, un insecto
con el que juega la monstruosidad
y de la lengua escapan las palabras que la acosan
como de un pobre diablo sus sueños de grandeza.
Semejante oscuridad bien podría anunciar el nacimiento
de un poema feliz que ojalá fuera este.
Ojalá, ojalá. Quiero volver al bosque,
mis palabras me llenan: voces que debo interpretar:
un canto como de hojas, anterior al lenguaje,
la esperanza, a través de los árboles, de encontrarse en la perla del bosque
con una "luz no usada" que lo ilumine todo en el espacio
de un instante de siempre,
y olvidando el lenguaje que repta, abrir el corazón al canto que lo colma.
El corazón: la boca del poema imposible
tan parecido a la felicidad.
ESTA BELLEZA CON QUE EL CIELO Y EL MAR HACEN HORRORES
Esta belleza con que el cielo y el mar hacen horrores
a la caída del sol envuelto en su espectáculo,
en realidad irreprochable.
Esto que es como el fin de todos los siglos: la belleza
—y yo me aflojo en su honor el nudo de la corbata—
viene a poner en el corazón música de ésa, sublime.
No, un silencio rayano en el gran poema
un disco rayado
que por iguales partes es dolor y somnífero.
Enrique Lihn, Sólo sé que seremos destruidos. Antología poética, Ediciones Gog & Magog, Buenos Aires, 2019.
La ronda en cinco, eso hacíamos.
Nos arrullábamos a la medianoche
al mediodía
a las cinco
en las calles desiertas
en esa ronda
eso hacíamos.
Como vigías noctámbulos
el invierno nos hace eternos.
me cuesta decir tu nombre
arrullarlo con una espalda ancha
sin la modorra de la maratón.
Despertar entre las cinco y las seis,
rozar tu espalda al buscarte
y seguir los pulsos de tus picos.
Besar tu nombre
disolver los fotogramas de esta simulación.
Este páramo en plena ciudad
nos hace interminables.
Nocturna como soy susurro entre fotos
después de tanto todavía.
Son las ranas que vienen
y me pintan el mural.
Alejandra, inédito, 2023.
Buceando en la web encontré una bella version de un breve fragmento del largo poema Las auroras de otoño de Wallace Stevens y ahora comparto con ustedes.
LAS AURORAS DE OTOÑO; VI
Es un teatro que flota por las nubes, él mismo hecho de nubes, pero como de roca oculta por la niebla y de montañas que corren como el agua, de ola en ola,
por oleadas de luz. Hecho de nubes transformadas en nubes transformadas otra vez, ociosas, del modo en que el color de una estación varía sin otro fin
que la fastuosidad de sí misma en el cambio, así como la luz convierte el amarillo en oro y al oro lo reduce al deleite de sus ópalos básicos, de su fuego,
expandiéndose extensamente porque le place esa magnificencia y los placeres solemnes de los magníficos espacios. Las nubes van sin rumbo entre las formas no del todo vislumbradas.
El teatro está lleno de pájaros volando en bandadas salvajes que van desvaneciéndose, como el humo de un volcán, pupilas con la forma de palmeras,
la telaraña en un pasillo o un pórtico gigante. Tal vez un capitolio acaba de emerger o colapsar. El desenlace va a tener que posponerse…
Todo esto es nada hasta que no lo abarque un hombre solo, nada hasta que esta cosa nombrada pierda el nombre y se destruya. El estudioso de una vela
abre la puerta de su casa en llamas, mira la refulgencia ártica encendiéndose en el marco de todo lo que es. Y siente miedo.
THE AURORAS OF AUTUMN; VI // It is a theatre floating through the clouds, / Itself a cloud, although of misted rock / And mountains running like water, wave on wave, / Through waves of light. It is of cloud transformed / To cloud transformed again, idly, the way / A season changes color to no end, // Except the lavishing of itself in change, / As light changes yellow into gold and gold / To its opal elements and fire’s delight, // Splashed wide-wise because it likes magnificence / And the solemn pleasures of magnificent space / The cloud drifts idly through half-thought-of forms. // The theatre is filled with flying birds, / Wild wedges, as of a volcano’s smoke, palm-eyed / And vanishing, a web in a corridor / Or massive portico. A capitol, / It may be, is emerging or has just / Collapsed. The denouement has to be postponed… / This is nothing until in a single man contained, / Nothing until this named thing nameless is / And is destroyed. He opens the door of his house // On flames. The scholar of one candle sees / An Arctic effulgence flaring on the frame / Of everything he is. And he feels afraid.
En estos días me encontré con un bellisimo libro de Adrienne Rich donde la mirada nos envuelve entre los restos, fragmentos dispersos se van descomponiendo en distintas voces e historias. Les comparto dos poemas del apartado III que abre con una cita de la canción «Bird on the Wire» de Leonard Cohen: «Vi a un mendigo apoyado en su muleta/me dijo: ¿Por qué pides tanto?/ Vi a una mujer apoyada en una puerta,/ dijo: ¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué no pedir más?».
MERCED
Fantasía de la tercera edad:
nos han concentrado
en un campo de reposo para los caducos.
En mitad de un páramo cualquiera
un acantonamiento con alambre de espino
y edificios prefabricados de bajo costo y el color del polvo
Adrienne Rich, Sumergirse en el naufragio, traducido por Patricia Gonzalo de Jesús, Editorial Sexto Piso, España, 2021.
Adrienne Rich (1929-2012) fue poeta, enyasista y una de las escritoras más influyentes del movimiento feminista. Rich recibió numerosas distinciones a lo lardo de su carrera, entre ellas el National Book Award de Poesía, la beca «Genius» de la Fundación MacArthur, la Medalla de la Fundación Nacional del libro por su contribución a las letras estadounidenses. En 1974 ganó el National Book Award de poesía por su libro Diving into the Wreck: Poems 1971–1972.
Los tulipanes son muy sensibles, es invierno aquí. Mira qué blanco está todo, qué quieto, qué nevado. Aprendo a estar en calma, yaciendo sola e inmóvil Como la luz sobre las paredes blancas, esta cama, estas manos. No soy nadie, no tengo nada que ver con estallidos. Les di mi nombre y mi ropa a las enfermeras, Mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.
Han puesto mi cabeza entre la almohada y el rebozo de la sábana Como un ojo entre dos párpados que nunca van a cerrarse. Alumna estúpida, no puede sino tragárselo todo. Las enfermeras van y vienen, no me molestan, Van y vienen como las gaviotas, con sus cofias blancas, Haciendo cosas con las manos, todas iguales, De manera que es imposible saber cuántas hay.
Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo atienden como el agua Atiende a los guijarros por sobre los que pasa, puliéndolos suavemente. Ellas me traen sopor en sus agujas brillantes, me traen el sueño. Ahora que yo misma me he perdido, estoy harta de equipajes. Mi maletín de cuero para la noche como una negra caja de remedios, Mi esposo y mi hija sonriéndome desde una fotografía; Sus sonrisas se meten bajo mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.
Dejé que las cosas se deslizaran, soy una balsa de treinta años Obstinadamente aferrada a mi nombre y dirección. Han borrado mis asociaciones amorosas. Asustada y desnuda en la camilla tapizada con plástico verde Veía mi juego de té, mis armarios de ropa blanca, mis libros, Hundirse y desaparecer, y el agua cubrió mi cabeza. Ahora soy una monja, nunca fui tan pura.
No quería flores, quería solamente Yacer con mis manos hacia arriba y sentirme totalmente vacía. Qué libre es una, no tienes idea hasta qué punto—
La paz es tan grande que te deslumbra, No pide nada, una placa con tu nombre, algunas chucherías. Es a lo que se aferran finalmente los muertos, me los imagino Cerrando sus bocas sobre eso, como si fuera una hostia.
Para empezar, los tulipanes son muy rojos, me lastiman, Inclusive en su papel de seda podía oírlos respirar Ligeramente, a través de sus envoltorios blancos, como a un horrible bebé. Sus pétalos encarnados le hablan a mi herida, y ella les corresponde. Son sutiles; parecen flotar, pero me hunden, Perturbándome con sus súbitas lenguas y su color, Una docena de pesadas plomadas alrededor de mi cuello.
Nadie me observaba antes, ahora me siento observada, Los tulipanes me miran, y también la ventana Donde una vez al día un rayo de luz lentamente crece y decrece, Y me veo a mí misma, chata, ridícula, una sombra recortada en un papel, Entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes. Y no tengo apariencia, he querido desaparecer. Los vívidos tulipanes me devoran el oxígeno.
Antes que ellos llegaran el aire era lo suficientemente calmo, Entrando y saliendo con mi aliento, sin agitación. Luego los tulipanes lo volvieron vibrante como un fuerte ruido. Ahora el aire choca y se arremolina alrededor de ellos, como un río Choca y se arremolina alrededor de un barco hundido, oxidado y rojo. Atraen mi atención, que era feliz Jugando y descansando sin comprometerse con nada.
También las paredes parecen estar entibiándose. Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos; Están abriéndose como la boca de una terrible pantera, Y soy consciente de mi corazón: él abre y cierra El cáliz de su roja flor sólo por amor a mí. El agua que pruebo es tibia y salada como el mar, Y viene de comarcas tan lejanas como la salud.
Sylvia Plath, Obra reunida, traducido por M.J.Ruschi Crespo, Centro Editor de América Latina, 1988.